sábado, 25 de abril de 2026

¿Fracaso de Habermas?






A la muerte del importante pensador alemán, Jürgen Habermas (1929-2026), se han escrito todo tipo de semblanzas, algunas de ellas ancladas en el reproche de que la vida del filósofo fue rebasada por un tiempo bárbaro, en que el proyecto ilustrado ya no se se da por inconcluso o inacabado, sino por refutado o destruido.  Hay algo vergonzantemente prometeico en esa idea del filósofo como visionario o profeta, aunque se trate de un gesto filosófico matizador o crítico como el de Habermas. 
  
  Desde sus primeros libros, Historia y crítica de la opinión pública (1962) y Conocimiento e interés (1968), hasta los de madurez, Teoría de la acción comunicativa (1981) o El discurso filosóficos de la modernidad (1986), la obra de Habermas evitó la formulación sistemática de Marx o Weber y se mantuvo en un tipo de resistencia mínima a la razón instrumental del capitalismo. Ahora se le reprocha a Habermas no haber contribuido a una teoría de la revolución anticapitalista, que tampoco vio con buenos ojos, dadas sus críticas al socialismo burocrático de la URSS y Europa del Este. 

  A pesar de su mezquindad, o precisamente por ella misma, es cada vez más común la actitud de cierta izquierda de reprochar a los críticos del totalitarismo comunista el ascenso de las nuevas derechas y los rebrotes del fascismo. La lógica indica que ha sido al revés: fueron las izquierdas antidemocráticas, en todo el mundo, verdaderos ensayos de liderazgos populistas como los Donald Trump en Estados Unidos, Victor Orbán en Hungría, Vladimir Putin en Rusia y Tayyip Erdogan en Turquía. 

  Es en aquellos regímenes, que hasta el último minuto dieron la batalla del socialismo real y rechazaron las democratizaciones de fines del siglo XX, donde se encuentran los más claros antecedentes de la regresión democrática de hoy. Brezhnev y Honecker, Ceausescu y Zhivkov, Husák y Jaruselski fueron los precursores de los autócratas globales de hoy. Ellos también pensaban que debía existir un equilibrio mundial, que contrarrestase el poder de Estados Unidos y Europa occidental. Y ellos fomentaron cuanta dictadura tuvieron a la mano en el Tercer Mundo, con tal de mantener ese supuesto equilibrio. 

  También sostuvieron dictaduras anticomunistas y derechistas Estados Unidos y Europa por todo el Tercer Mundo, pero llegado el momento de las transiciones democráticas de fines del siglo XX, quienes se resistieron fueron las izquierdas totalitarias. Jürgen Habermas, en aquellos años, se puso del lado de la democratización y hoy no pocos se lo reprochan. Pero, ¿qué habría sido preferible entonces? ¿Qué no cayera el Muro de Berlín y que persistieran la URSS y sus satélites? ¿Habría contenido con mayor eficacia, aquel segundo mundo, el avance neoliberal y la actual destrucción de un sistema internacional basado en reglas de mínimo consenso universal? 

  Son preguntas contrafactuales a las que Habermas habría respondido con negativas. El fracaso no fue de Habermas, fue de las democracias excluyentes y disparejas construidas después de 1989 y de una Unión Europea que se ha dejado amedrentar por nuevos caudillos a ambos lados del Atlántico. Pero seguramente el costo habría sido mayor si aquellos regímenes hubiesen permanecido en el poder y hubieran reforzado sus poderes en medio de la despiadada competencia mundial por nuevas zonas de interés y nuevos enclaves que colonizar. 

  Habermas y otros pensadores de la Escuela de Frankfurt representaron por muchas décadas una opción intelectual de rigor contra la deshumanización capitalista. Con frecuencia se les asoció rígidamente con la socialdemocracia, pero lo cierto es que también se aproximaron a diversas variantes del comunitarismo. Mejor no descartar tan a la ligera esas voces que tal vez sean útiles si, como aparecen anunciar los nuevos tiempos, el rearme fascista continúa y con él la distorsión de los legados más recientes del pensamiento occidental.

viernes, 24 de abril de 2026

Una guía Lezama para la historia de Cuba



La idea de que la historia de una nación puede encapsularse en la vida de sus fundadores es tan vieja como Grecia y Roma. En América Latina, mucho antes de que Carlyle o Emerson escribieran sus conocidos ejercicios biográficos o de que Sainte-Beuve diera a conocer sus retratos literarios, se escribieron caracterologías de las nuevas naciones americanas a través de perfiles heroicos de Bolívar, San Martín e Hidalgo. 

 En Cuba fueron muchos los que desde las primeras décadas del siglo XX pensaron la vida de José Martí como una cifra de la historia nacional. Un joven poeta criollo, hijo de valenciano y canaria, que encabezó la última guerra de independencia de Cuba contra España y, a la vez, alertó contra el expansionismo de Estados Unidos, aunque sin dejar sugerir una relación prioritaria con el gran vecino, era un buen resumen del devenir insular. 

 Uno de los que de un modo más original y vehemente sostuvo que la vida de José Martí era la clave de la historia de Cuba fue el poeta católico José Lezama Lima (1910-1976). A diferencia de marxistas como Julio Antonio Mella o liberales como Jorge Mañach, Lezama no ideó un Martí ligado a alguna plataforma ideológica de la joven República cubana. Para él Martí era un “misterio que acompañaba” a los cubanos, pero también una suerte de monarca secreto que reinaba en una “era imaginaria”, en la que Cuba alcanzaba su realización histórica como nación. 

  En ensayos posteriores a 1959, Lezama asoció esa “era imaginaria” con la Revolución, pero en cartas, poemas y otros testimonios no dejó de expresar su malestar con el régimen que siguió a aquel cambio revolucionario. Ahora el escritor cubano Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968), exiliado desde hace décadas en Barcelona, escribe una monumental biografía de Lezama en tres tomos, exquisitamente editados por la editorial Pre-Textos en Valencia. 

Se trata de una ambiciosa obra en la que la vida del poeta habanero, fundador de la mítica revista Orígenes (1944-1956), autor de poemas deslumbrantes y de la novela de culto Paradiso (1966), se ofrece como guía de orientación en la historia de Cuba. Los tres tomos de la biografía de Lezama, escritos por Hernández Busto, se dividen en fases de la vida del poeta, que son también tramos decisivos de la historia moderna de la isla. 

 El primero abarca de 1910, año del nacimiento del poeta, y 1939, en las postrimerías de la primera República cubana, fundada en 1902. El segundo tomo se extiende de 1940, año de la refundación republicana de la isla con la brillante Constitución de ese año, a 1958, en los meses finales de la dictadura de Fulgencio Batista. 

 El tercer tomo de esta trilogía biográfica de Lezama Lima arrancará en 1959, año del triunfo de la Revolución, y concluirá en 1976, año de la muerte del escritor, pero también de la codificación constitucional del nuevo régimen político de la isla, de acuerdo con los cánones doctrinarios de los totalitarismos comunistas de la Unión Soviética y Europa del Este. 

 De manera que este enorme proyecto, al que Hernández Busto ha dedicado muchos años de investigación en archivos, bibliotecas y entrevistas con familiares y amigos del poeta, es una inmersión en la vida y la obra del autor de La expresión americana (1957), pero también un fresco del turbulento acontecer insular, entre los primeros años de la experiencia republicana hasta la consumación institucional del último cambio revolucionario. 

 En el primero de los volúmenes, Años de formación (1910-1939), el biógrafo destaca las figuras del padre del poeta, José María Lezama Rodda, ingeniero civil y teniente coronel del ejército cubano, la madre Rosa Lima Rosado, y sus hermanas Rosa y Eloísa. La infancia en escenarios militares – el padre estuvo asignado en las fortalezas de La Cabaña en La Habana y Fort Barrancas en La Florida, y el poeta nació en el cuartel Columbia-, la muerte del padre en Pensacola, la presencia de Baldomera, la nana recia, son escenas y personajes que Lezama llevó a la ficción en su novela Paradiso y que aquí son devueltos a la historia.

lunes, 20 de abril de 2026

Manuel Colom Argueta y la democracia en Guatemala





El 22 de marzo de 1979, el líder de la izquierda socialista democrática de Guatemala, Manuel Colom Argueta, ex acalde de la capital del país entre 1970 y 1974, fue acribillado a balazos por agentes de la dictadura de Lucas García. Con la muerte de Colom, como con la de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia en 1948, se cerraba violentamente el paso a la presidencia del país de un liderazgo progresista, comprometido con las vías pacíficas y electorales. 

 La figura de Colom ha cobrado creciente interés en Guatemala, especialmente, entre los gobiernos de su sobrino, Álvaro Colom, y el actual de Bernardo Arévalo, hijo del primer presidente de la Revolución de Octubre de 1944 en Guatemala. Una biografía reciente, que es también una historia política de Guatemala y de su capital, entre los años 50 y 70, escrita por el joven historiador Rodrigo Véliz Estrada, es, hasta ahora, la contribución académica más sólida al conocimiento de la trayectoria de aquella izquierda guatemalteca. 

 El libro de Véliz, titulado Manuel Colom Argueta and the Democratic Collapse of the Central American Cold War, 1954-1979 (Bloomsbury, 2026), reconstruye la vida del líder desde su formación como abogado en la Universidad de San Carlos en los años de la radicalización de la Revolución guatemalteca, bajo el gobierno de Jacobo Arbenz. 

Destaca Véliz que entonces Colom pertenecía a una juventud reformista, promotora de la justicia social, pero reacia a la instalación de un sistema comunista, a tono con las críticas a la Unión Soviética que siguieron a la muerte de Stalin 1953 y a la invasión de Hungría en 1956. Sin embargo, Colom y sus compañeros también se opusieron, aunque por la vía pacífica, a la dictadura de Castillo Armas que se impuso en Guatemala luego del golpe de la CIA en 1954. 

Tras un exilio en Florencia, Colom regresó a Guatemala y se involucró en la creación de la Unidad Revolucionaria Democrática, una organización pacífica, que desafió cívicamente los regímenes militares, en los mismos años en que operaba el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre de Turcios Lima y Yon Sosa, que ha estudiado a profundidad el historiador Arturo Taracena, maestro de Véliz. 

 El interregno civil de Julio César Méndez Montenegro, líder histórico del Partido Revolucionario guatemalteco, entre 1966 y 1970, permitió a la URD ampliar sus bases sociales e inscribir a Colom en la candidatura a la alcaldía de Ciudad Guatemala en las elecciones municipales. Colom y sus compañeros, Adolfo Mijangos y Américo Cifuentes, lograron afirmarse como una opción de izquierda democrática en el campo político guatemalteco, a pesar del recrudecimiento del autoritarismo a partir de la vuelta a los regímenes militares en los años 70. 

 Desde la alcaldía de la capital, Colom impulsó un proyecto desarrollista y urbanizador, en sintonía con las tesis de la Cepal y otros organismos internacionales y regionales. Pero también buscó ampliar el electorado de su corriente política, estableciendo diálogos con sectores liberales, eclesiásticos y empresariales, en una línea muy parecida a la de Pedro Joaquín Chamorro, asesinado en Managua en 1978, y otros líderes antisomocistas en Nicaragua. 

 Para fines de la década, con miras a alcanzar la presidencia, Colom amplió también sus redes internacionales por medio de una inscripción en la Internacional Socialdemócrata, que encabezaba Willy Brandt, el canciller alemán entre 1969 y 1974. Véliz, familiarizado con la nueva historiografía sobre la Guerra Fría latinoamericana (Grandin, Iber, Harmer, Pettiná, Casals…), da mucha relevancia al cambio que se produce a nivel internacional a fines de los años 70, con la llamada “coexistencia pacífica” entre la URSS y Occidente y la presidencia de Jimmy Carter en Estados Unidos. Ese contexto, favorable a la Revolución Sandinista, también permitió el despegue de la candidatura de Colom, que violentamente saboteó la dictadura.