miércoles, 27 de mayo de 2026

Tres momentos mexicanos de Jean Marie Le Clezio




El escritor francés Jean Marie Le Clézio, merecedor del Premio Nobel en 2008, tiene una larga relación con México, sostenida durante muchos años través de exhaustivos recorridos por Michoacán, Yucatán o la frontera norte y de sus lecturas de Sahagún y Motolinía, de Octavio Paz y Jean Meyer. Un volumen reciente, Tres entradas a México (Bonilla Artigas/ SEP, 2025), traducido por Adolfo Castañón, reúne piezas suyas, dedicadas a grandes escritores mexicanos de todos los tiempos, como la poeta Sor Juana Inés de la Cruz, el narrador Juan Rulfo y el historiador Luis González y González. 

 La primera pertenece periodo colonial, el segundo al revolucionario y el tercero, González y González, a la era extendida de la Revolución institucionalizada. Pero los tres, según Le Clézio, dan voz a momentos precisos y discernibles de la historia de la cultura mexicana. Cada uno de ellos, dice el escritor francés, inventó una lengua para comunicarse con sus semejantes, en medio de las restricciones y las censuras que ensombrecían aquellas épocas. 

  La invención de una lengua, a través de la literatura, fue un mecanismo de protección para Sor Juana, Rulfo y don Luis en momentos en que la expresión escrita, en México, era sometida a interdicciones públicas de muy diversa índole. En tiempos de Sor Juana, como estudiaran Octavio Paz y Margo Glantz en textos clásicos, el régimen colonial ejercía vigilancia y control sobre la literatura a través del Tribunal del Santo Oficio o Inquisición y rechazaba que una mujer, para más señas, una monja se dedicara a las letras. 

  En los versos de Los empeños de una casa o en los de Primero sueño, así como en sus cartas a Sor Filotea o a su confesor, Antonio Núñez de Miranda, se afirmaba el derecho a la rebelión contra el hermetismo eclesiástico. En tiempos de Rulfo, los extremos ideológicos del liderazgo revolucionario y de no pocos de sus oponentes desembocaron en un enfrentamiento entre el Estado mexicano y el campesinado católico. La guerra cristera, sostiene Le Clézio, está en la raíz memoriosa de toda la narrativa de Rulfo, desde El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) hasta El gallo de oro (1980). 

La traumática infancia de Rulfo en Guadalajara, durante la guerra cristera, cuando pierde a sus padres y se ve arrojado a un mundo de abuelos, bisabuelos y antepasados fantasmales, es la experiencia que detona aquellas ficciones. En los de Luis González, el discurso oficial del nacionalismo revolucionario comulgada con el relato de una marcha nacional hacia un destino común, que arrastraba a cada pueblo o comunidad local. El historiador michoacano, de acuerdo con Le Clézio, resistió aquella marcha ideológica triunfalista, por medio una inmersión en la historia de su pueblo, San José de Gracia, donde la vida comunitaria se reproducía con el suficiente margen de autonomía como para que el acontecer nacional apenas se escuchara en los ecos de una batalla distante. 

  Se interesa también Le Clézio, con una lectura que derrocha discernimiento, en el arte fotográfico de Rulfo. Dice el escritor francés que cuando Rulfo recorría México con “su cámara terciada sobre el pecho”, a partir de 1940, buscaba documentar un país para el que “la Revolución era más un recuerdo” que una vivencia. En medio de ese mundo en ruinas, sombrío, la luz que encontró Rulfo fue la que iluminaba el rostro de Clara Aparicio Reyes, a quien inmortalizó en sus fotos. 

  Hay algo “entenebrecido”, que Le Clézio observa en los tres escritores, Sor Juana, Rulfo y González, y que tiene que ver con esa mirada a lo profundo de la realidad mexicana, en cada uno de los tres momentos. Los tres supieron sostener la mirada a la oscuridad de sus tiempos, como diría Hannah Arendt, y extraer de la penumbra verdaderos destellos de lucidez y belleza. A través de ellos, habla también Le Clézio, un francés de Niza, obsesionado con las interrupciones del sueño mexicano.

martes, 19 de mayo de 2026

Womack en el Colmex





John Womack, legendario historiador de la Universidad de Harvard, autor de Zapata y la Revolución mexicana (Siglo XXI, 1968), estuvo de visita en la ciudad, con motivo de la concesión del Premio Alfonso Reyes de Humanidades por El Colegio de México. Durante la ceremonia, Womack leyó un adelanto de un ambicioso libro inédito en que se remonta al virreinato de la Nueva España para explorar las raíces históricas profundas de la Revolución mexicana de 1910. 

 Argumenta el veterano historiador que la experiencia revolucionaria mexicana en el siglo XX, que considera excepcional dentro de América Latina y el Caribe, no se entiende sin la condición del virreinato de Nueva España como entidad histórica localizada en el centro del mundo entre los siglos XVI y XIX. Ese México fronterizo, instalado entre el Atlántico y el Pacífico, entre La Habana y Manila y entre la América del Norte y la del Sur, debe conocerse si se quiere aquilatar el gran vuelco de la Revolución mexicana. 

 No duda Womack del cambio producido por la Revolución, pero también entiende aquella experiencia como una pugna entre muy diversas corrientes sociales y políticas en las que hubo “revoluciones ganadoras y revoluciones perdedoras”. Estas últimas, sostuvo Womack en una conversación con los colegas Jean Meyer y Aurora Gómez, fueron las populares encabezadas por Emiliano Zapata y Pancho Villa. Recordó Womack, en el mismo diálogo, los equívocos que acompañaron la primera edición en español de su gran estudio sobre Zapata y el zapatismo en Morelos. 

En la traducción al español de su tesis doctoral en Harvard, editada por Arnaldo Orfila en Siglo XXI y a cargo de Francisco González Aramburu, exiliado republicano español, quien llegó a México con el grupo de los “niños de Morelia”, se presentó “country people” como campesinos y se propuso la frase celebérrima de que aquellos revolucionarios se sumaron a la Revolución “porque no querían cambiar”, en lugar de que “no querían mudarse” o “dejar su casa” o “abandonar sus pueblos”, que habrían sido más fieles al sentido del manuscrito. 

 En una revisión de la traducción de González Aramburu, del historiador de la Universidad de Chicago, Emilio Kouri, para el Fondo de Cultura Económica, en 2017, se introdujeron ajustes reveladores, que vale la pena leer con cuidado. Womack piensa que aquella traducción contribuyó a dotar de un sentido conservador o utopista su visión de Zapata y el zapatismo, cuando su objetivo era retratar al líder y su movimiento, comprometidos con la causa de los pueblos de Morelos, bajo la óptica de un comunalismo práctico. 

 Otro de los ajustes en la traducción, que ahora pesa mucho en su nuevo proyecto inédito, es la consideración de valores de la cultura afrodescendiente de Morelos y el Sudeste de México dentro el zapatismo y otros movimientos revolucionarios de las primeras décadas del siglo XX. Dice Womack que hay señales de la tradición emancipatoria de los negros esclavizados en algunas de las corrientes más radicales de la Revolución en el Sur mexicano. 

 En las palabras de Jean Meyer y Aurora Gómez, en homenaje a Womack en El Colegio de México, se recordó la importancia de la obra del académico de Harvard no sólo para el estudio y la memoria del zapatismo, como se comprobó con el levantamiento del EZLN en Chiapas en 1994, sino también de las industrias de Veracruz y del movimiento obrero mexicano en el siglo XX. Su libro Posición estratégica y fuerza obrera. Hacia una nueva historia de los movimientos obreros (2012), también publicado por el Fondo de Cultura Económica, es una muestra de esta faceta. 

 El adelanto del gran estudio sobre México, en la larga duración, que leyó Womack en el Colmex, permite atisbar que se trata de una virtuosa articulación de historia económica, social y política; global, nacional y regional, de la mayor relevancia para las ciencias sociales. Ojalá que pronto contemos con una buena traducción al español y que ese nuevo libro se incorpore al debate historiográfico sobre la experiencia del México moderno.