Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

miércoles, 18 de marzo de 2026

La Revolución se televisará



En su libro La pantalla y la cruz (El Colegio de México/ Banco de la República, 2025), sobre la televisión y la Iglesia católica en México y Colombia, a mediados del siglo XX, la historiadora Laura Camila Ramírez Bonilla, profesora de la Universidad Iberoamericana, reproduce un cuadro de gran interés. La información que ofrece este libro es de alta relevancia para pensar distintas maneras de administración de los medios de comunicación en América Latina, en el arranque de la Guerra Fría. 

 De acuerdo con el estudio de Ramírez, en 1958, un año antes del triunfo de la Revolución cubana, en Cuba había 315 000 televisores, mientras que en México había 184 000 y en Colombia, 140 000. Las cifras estaban muy por debajo de Estados Unidos, pero en esos tres países eran de las mayores en toda la región. Cuba, el país con menor población de los tres, con menos de 7 de millones de habitantes en la isla, era el que más receptores poseía. 

 En México se había creado un sistema televisivo a partir de empresas privadas familiares como las de los Azcárraga Vidaurreta, los O’Farrill o los González Camarena. Pero la elección del modelo privado no estuvo exenta de un debate fascinante sobre las opciones a seguir, que reconstruye la historiadora Ramírez, y en el que jugó un papel fundamental el poeta, cronista y dramaturgo Salvador Novo. Novo había impulsado el departamento teatral en el Instituto Nacional de Bellas Artes, fudadado y dirigido por el músico Carlos Chávez, durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés. 

En 1948, el gobierno mexicano encargó al escritor presidir una Comisión de Televisión en el INBA y viajar a Nueva York, París, Londres y otras ciudades europeas a estudiar los sistemas de televisión a nivel internacional. En su informe, Novo propuso una visión positiva del sistema de la BBC británica, que veía como un monopolio cultural público, que trasmitiría valores cultos y laicos a la sociedad mexicana. El gobierno mexicano optó, en cambio, por un sistema comercial, más parecido al de las cadenas (NBC, CBS, ABC) de Estados Unidos. 

El México postcardenista, de la doctrina de la mexicanidad, se inclinaba por una televisión empresarial y descentralizada en el arranque de la Guerra Fría. Por el contrario, en la Colombia conservadora, posterior al Bogotazo de 1948, encabezada por el gobiermo de Mariano Ospina hasta 1950 y luego por la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla entre 1953 y 1957, se optó por un modelo público y centralizado de televisión, más parecido al británico. 

La explicación que ofrece la historiadora de esa elección es que dicho sistema era el más conveniente para la agenda anticomunista de la derecha colombiana. Pero el principal hallazgo de la investigación de la doctora Ramírez Bonilla es que ambos modelos, a pesar de sus diferencias, ofrecieron amplias oportunidades a la Iglesia católica para realizar su labor pastoral en los dos países, México y Colombia. Esa ofensiva confesional en la televisión respondió a un cambio en la percepción de la funcionalidad de los medios de comunicación masiva en el último tramo del pontificado de Pío XII, a partir de la encíclica Miranda Prorsus de 1957. 

 Un tercer modelo de televisión en América Latina y el Caribe, durante la Guerra Fría, que insinúa esta ambiciosa investigación de Laura Camila Ramírez, sería, precisamente, el cubano. En el cuadro citado, La pantalla y la cruz reporta que, de acuerdo con la Unesco, entre los años 60 y 70, la cantidad de televisores por habitantes en Cuba se multiplicó por diez, con tecnología soviética. 

 Cuba, país que experimentó una ofensiva atea, basada en la difusión de la ideología marxista-leninista, como ningún otro en América Latina y el Caribe, acabaría siendo, en los años 70, la mejor refutación del poeta y músico afroamericano de Chicago, Gil Scott-Heron, quien por aquellos mismos años cantaba el conocido verso: “the Revolution will not be televised”.

sábado, 14 de marzo de 2026

Los errores de Duanel Díaz





Fiel a su hábito descalificador e incapaz de debatir con seriedad ideas que no comparte, el crítico literario Duanel Díaz escribe otra diatriba contra un libro mío. Hace diez años escribió una contra la Historia mínima de la Revolución Cubana (Madrid, Turner/ Colmex, 2015). Ahora escribe otra contra la Breve historia de Cuba (Madrid, Catarata, 2026). La sucesión de calificativos degradantes es incontenible desde la primera hasta la última línea. 

 Dice Díaz que mi libro es “anodino”, aunque le dedica un largo panfleto, y que sólo aporta una plana sucesión de hechos. A mi fallido ejercicio positivista, opone una revelación de errores o un desenmascaramiento de mentiras con verdades. Pero como veremos, su diatriba logra el milagro de multiplicar las mentiras y los errores, algunos fácticos y otros, los más graves, de interpretación. 

 La caracterización de mi libro como una sumatoria de hechos busca, desde un inicio, rehuir el sentido del texto y no entrar en una discusión de fondo sobre las tesis de la Breve historia de Cuba (2026). Como puede constatarse en su diatriba de hace diez años, a Díaz lo motiva una diferencia conceptual e ideológica con mis libros. Pero prefiere mantenerse en el plano positivista para cuestionar mi reputación o mi solvencia académica ¿A qué se debe esa elusión del debate teórico o ideológico? 

 Díaz dice que en mi libro sólo se tratan las cuestiones materiales de la historia de Cuba al principio, cuando se aborda la experiencia de los pueblos originarios de siboneyes o taínos. Sin embargo, hay capítulos enteros dedicados a las funciones portuarias de La Habana, a la economía de plantación azucarera y esclavista en el siglo XIX, a la modernización económica del periodo republicano, a la nueva concentración en el azúcar durante el periodo soviético y al esquema bolivariano de intercambio de subsidio petrolero venezolano y exportación de servicios médicos y de seguridad ¿No hace todo esto parte de la historia material de Cuba? 

 No entiende Díaz el significado del título del capítulo “La Habana de los Austrias”. En dicho capítulo se reconstruye la centralidad de la función portuaria de La Habana, dentro del imperio de los Habsburgos, entre los siglos XVI y XVII. Para la corona española era La Habana, con sus aserraderos, sus astilleros, sus fortificaciones financiadas por los situados novohispanos y su intensa conexión con Veracruz, el eje de aquella naciente colonia caribeña. El título remite por tanto al tiempo dinástico de los Habsburgos y al espacio, no únicamente de La Habana, sino de toda la isla. Incluir en ese capítulo sucesos que tienen lugar en Manzanillo o Puerto Príncipe no es una traición al título. 

 Díaz comparte el cliché que de que Antonio Cánovas del Castillo pronunció la frase “hasta el último hombre y la última peseta”. En mi libro recuerdo algo muy conocido, especialmente, en la historiografía peninsular sobre Cuba, y es que cuando estalló la guerra del 95, el Presidente de Consejo de Ministros, el liberal Práxedes Mateo Sagasta, pronunció varias veces en las Cortes de Madrid, otra frase parecida: “hasta la última peseta y la última gota de sangre”. Díaz comete el error de atribuir esta frase a Cánovas y sostiene que el término “contrainsurgencia” para aludir a las campañas militares realistas en Cuba, entre 1896 y 1897, es inadecuado. 

 No sé qué historiografía latinoamericana lee Díaz, pero le puedo asegurar que el concepto de “contrainsurgencia” se utiliza con amplitud en los estudios sobre las campañas españolas contra las guerras de independencia de las colonias borbónicas, en las guerras civiles de mediados del siglo XIX entre liberales y conservadores, en las revoluciones centroamericanas de los años 20 y 30 y en las ofensivas militares contra las guerrillas latinoamericanas de la Guerra Fría. No veo por qué no se pueda aplicar a la guerra de 1895 en Cuba, que surgió de un alzamiento de separatistas cubanos al oriente de la isla. 

 Sostiene Díaz, muy convencido, que la idea de la alfabetización no aparece en el programa del Movimiento 26 de Julio y comete el error de considerar La historia me absolverá (1953) de Fidel Castro como documento de dicho movimiento. Pero no, el Movimiento 26 de Julio no existía cuando el asalto al cuartel Moncada. En el “manifiesto-programa” Nuestra Razón (1956) del Movimiento 26 de Julio, redactado por Mario Llerena, luego de la fundación de dicha organización en México, se propuso la “alfabetización sistemática”. 

  La educación era el punto quinto, después de la “soberanía nacional”, la “independencia económica”, el “trabajo" y el “orden social”. En la parte operativa de dicho programa, junto con los proyectos de creación de “ciudades infantiles” y reforma detallada de la instrucción en las zonas rurales, se diseñó un “plan intensivo de alfabetización”, especialmente en el campo, que se echó a andar desde el periodo insurreccional de la Sierra Maestra ¿Cuál es el propósito de negar algo tan evidente, respaldado por documentación histórica?

 En cuanto a la renuncia de Manuel Urrutia en julio de 1959, dice Díaz extrañamente irritado: “quien renunció fue Fidel”. Cómo, ¿acaso no renunció Urrutia después de las arengas televisivas de Castro contra el “anticomunismo febril” del presidente y las denuncias de corrupción del periódico Avance? Aquellos ataques diarios, antes del 17 de julio, cuando se verificó la renuncia de Urrutia en Palacio Presidencial, eran proferidos por un Fidel Castro que había renunciado artificiosamente. 

 Según Díaz, en mi texto se confunden o se invierten las tesis económicas del Che Guevara y de la corriente prosoviética que encabezaba Carlos Rafael Rodríguez. He dedicado al tema dos capítulos de mis libros, Historia mínima de la Revolución Cubana (2015) y El árbol de las revoluciones (2021) y me he referido a esas polémicas económicas en muchos libros anteriores, que Díaz ha leído ¿A qué responde esa tergiversación deliberada sino a un afán de desacreditar? 

 Lo que dice el pasaje que molesta a Díaz es que la corriente pro-soviética proponía un “énfasis en la planificación central, el cálculo económico y la industrialización del país”. El Che Guevara compartía algunos elementos de esa política, como la industrialización, pero rechazaba otros como el cálculo económico y las relaciones mercantiles entre las empresas. Proponía, en diversos textos aparecidos en las revistas Nuestra Industria y Cuba Socialista, un presupuesto único y un mayor acceso a la alta tecnología capitalista, para lo cual se requería cierta independencia del bloque soviético y aproximación a la Europa occidental. 

 Por eso señalo que Guevara defendía “otra forma de financiamiento empresarial, combinada con una transferencia de tecnología occidental”. Esto no significa, como dice Duanel, que yo esté colocando a Guevara contra la centralización, pero sí contra la planificación central de tipo soviético. En “Algunas reflexiones sobre la transición socialista”, el texto que resume mejor su proyecto económico, dice textualmente: “la centralización no significa un absoluto”. 

 Un error más de Duanel Díaz es dar la Batalla de Ideas por terminada en 2002 ¿En qué documento oficial se basa para hacer esa afirmación? La Vicepresidencia del Consejo de Ministros de Otto Rivero “para la atención a las inversiones a la Batalla de Ideas y otras tareas de la revolución”, mejor conocido como Ministerio de la Batalla de Ideas, se creó el 13 de diciembre de 2004. Como sugiere Gerardo Arreola, en Cuba, el futuro (Debate, 2021), nunca se dio por concluida la Batalla de Ideas, pero si hubiera que señalar su descontinuación y el ajuste de cuentas contra sus operadores habría que extenderse a los años posteriores a la sucesión de Raúl Castro en 2006. 

 A propósito del libro de Arreola, bien aprovechado en la parte final de mi estudio, dice Díaz que cito muy pocos libros de historia de Cuba. No sé si llegó a la Bibliografía, pero ahí están consignados más de 120 títulos, la mayoría de ellos de historiadoras e historiadores residentes dentro o fuera de la isla. 

 Hasta aquí los errores fácticos, pero vayamos a los errores de interpretación, que es donde se concentra mi divergencia conceptual con Duanel Díaz y los que como él piensan la historia de Cuba desde el paradigma anticastrista. Al igual que en su panfleto contra la Historia mínima (2015), Díaz me reprocha que hable de la dictadura de Gerardo Machado y la dictadura de Fulgencio Batista, pero no de la dictadura de Fidel Castro. 

 Como he escrito muchas veces –he dedicado al tema, incluso, un ensayo titulado “El concepto de Revolución en Cuba”- no pienso que el sistema político creado tras el cambio revolucionario en Cuba sea una dictadura. Dictaduras como las de Machado y Batista fueron interrupciones temporales de un orden constitucional previo. En Cuba, después de 1959, se reconstituyó el país de acuerdo con el modelo de los totalitarismos comunistas o los socialismos reales de la Unión Soviética y Europa del Este. 

 Tendría que repetir por enésima vez que no es lo mismo un régimen autoritario, como los de Machado y Batista, que un régimen totalitario, como el construido en Cuba y tipificado en la Constitución de 1976. Duanel Díaz conoce esa distinción conceptual plasmada en mis libros, porque hasta la ha citado en los suyos. Entonces, ¿por qué me reclama no utilizar categorías que no suscribo? La única explicación que encuentro es que confunde historia y propaganda y piensa que hay que escribir la historia de un país para atacar su régimen político. 

 Justo ahí aparece el otro equívoco conceptual de Díaz, muy común dentro y fuera de la isla. Como he escrito a propósito de sus propios libros, Díaz identifica la Revolución con el castrismo y piensa que un cambio revolucionario y un régimen político son lo mismo. Así como la historia oficial de la isla sostiene que la Revolución está viva y sigue su curso, él piensa que ese mismo fenómeno, al que llama castrismo, también sigue vigente. La historia de la Revolución sería, por tanto, la historia del castrismo y debe escribirse para contribuir a la caída de ese régimen. 

Yo pienso el asunto de manera radicalmente distinta. La Revolución fue un fenómeno histórico enmarcado entre los años 50 y 70 del siglo XX. En mi libro, el periodo posterior a esa Revolución es tratado en los capítulos que llevan por título “Los años soviéticos”, “Fidel después del Muro”, “Hugo Chávez y la alianza bolivariana”, “Raúl Castro y el deshielo obamista” y “La reconstitución, el estallido y la crisis sin fin”. 

 Dice Díaz que mi libro no logra el objetivo de narrar e interpretar el pasado cubano desde la catástrofe que hoy vive Cuba. Pero resulta que el último de esos capítulos se detiene en la pandemia, el estallido social de 2021 y las protestas de 2022 y 2023, en el aumento de la represión de los jóvenes, el deterioro de los indicadores económicos y sociales que, según el último informe de la CEPAL, hoy colocan a Cuba por debajo de Haití, y hasta en el “colapso” o la “policrisis”, términos que se discuten en las páginas 179 y 180. 

 Díaz asegura que el objetivo del libro no se cumplió e, incluso, afirma que el libro carece de tesis porque, en el fondo, no le gusta el sentido del texto. En la Introducción, en las páginas finales y a lo lago del libro sostengo que una constante de la historia de Cuba es la dependencia o el vínculo colonial con diversas metrópolis o potencias regionales o mundiales. Ese eje, que trágicamente vuelve a manifestarse en nuestros días, confirma que la Revolución ya forma parte del pasado de la isla, lo cual molesta a Díaz y a quienes cuya visión del mundo está moldeada por el anticastrismo.

 Así que el objetivo del libro sí se cumplió. Lo que sucede es que se cumplió en términos que no agradan al libelista Díaz. Lo más honesto, lo menos cobarde habría sido que Duanel Díaz discutiera con franqueza sus diferencias con el enfoque aplicado en esta Breve historia Cuba. Pero no, prefirió, como siempre, la descalificación y el escarnio.

martes, 3 de marzo de 2026

Un americano contra la guerra del 47





El pasado 2 de febrero el portal de la Casa Blanca reprodujo un mensaje del presidente de Estados Unidos en el que, orgullosamente, se conmemora el 180 aniversario del invasión de Estados Unidos contra México en 1846. Luego de dos años de guerra, aquel conflicto culminó con la conquista por Estados Unidos de más de la mitad del territorio de la naciente República mexicana. 

 En un gesto inusual por parte de un presidente, que encabeza el gobierno de un país, ligado a México y Canadá por un Tratado de Libre Comercio que ahora mismo se está renegociando, Trump reivindicó la doctrina del “Destino Manifiesto”, formulada por el periodista e ideólogo expansionista John L. O’Sullivan para legitimar la acción armada contra su vecino del sur. 

 Trump es el primer presidente en más de un siglo, tal vez desde Teddy Roosevelt, que reclama para sí la distorsión que la doctrina del Destino Manifiesto de 1846 hizo de la Doctrina Monroe de 1823. Fue entonces que, por primera vez, la frase de “América para los americanos” adquirió el sentido de “América para los estadounidenses”, que tanto aquel Roosevelt como este Trump le adjudican. 

 Naturalmente, en su mensaje del 2 de febrero, Trump sostuvo que su actual política de contención migratoria y de acuerdos de seguridad con gobiernos de la nueva derecha latinoamericana, como los de Argentina, Ecuador y El Salvador, y su recuperación del control del canal de Panamá, a costa de China, se inscriben en la nueva versión de esa misma política, que llama “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, más conocida como Donroe Doctrine. 

 Se ha recordado en estos días que la mayoría de los presidentes de Estados Unidos en el siglo XX y todos los del siglo XXI, menos Trump, no acostumbraban a hablar con orgullo de aquella guerra de conquista. Entre George H. Bush y Joe Biden con menos razón, ya que todos aquellos presidentes promovieron una vecindad amistosa con México, como consecuencia de la aprobación del Tratado de Libre Comercio en 1992. 

 También se ha recordado que, en su momento, la guerra de 1847 fue objetada por brillantes políticos de Estados Unidos, que se oponían al expansionismo y a la militarización de la sociedad norteamericana. Entre aquellos opositores a la guerra estuvieron el Secretario de Estado, Henry Clay, el senador Thomas Corwin y el representante Abraham Lincoln, futuro presidente de Estados Unidos. 

 También se opuso a la guerra, con una elocuencia fuera de lo común, el filósofo, pedagogo y naturalista Henry David Thoreau, compañero de Ralph Waldo Emerson en el grupo intelectual de Concord, Massachusetts. Thoreau vivía en su cabaña de Walden Pond, cuando en 1846 fue arrestado por negarse a pagar impuestos durante seis años. Luego de su liberación, dio una conferencia en el Liceo de Concord en la que reconstruyó su experiencia en la cárcel y su negativa a contribuir fiscalmente al Estado, por ser éste responsable de dos injusticias a las que se oponía firmemente: la esclavitud y la guerra contra México. 

 Aquella conferencia daría lugar al ensayo Desobediencia civil (1849), uno de los textos clásicos del pensamiento político estadounidense. Ahí sostenía Thoreau que la guerra del 47 era una “perversión” y un “abuso” de la voluntad del pueblo estadounidense, provocados por un grupo de individuos que habían hecho del gobierno su “instrumento”. La colonización, la guerra y la esclavitud, según Thoreau, estaban entrelazadas porque la expansión territorial más allá de las fronteras mexicanas buscaba aumentar los estados esclavistas. 

 Thoreau y sus dos amigos de Concord, Emerson y Alcott, tuvieron la visión de advertir en aquel expansionismo esclavista el origen de la discordia en la república estadounidense, que conduciría pocos años después a la guerra civil. Con su expansionismo arcaico, Trump está alimentando las semillas de aquella discordia, que produjo una lucha fratricida entre 1861 y 1865.