Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

sábado, 29 de agosto de 2026

María Rosa Oliver: la fe en el viaje





La historiadora argentina Adriana Petra, estudiosa de las tradiciones intelectuales de izquierda en su país, ha compilado, para el Fondo de Cultura Económica de Buenos Aires, una antología de textos de la escritora María Rosa Oliver (1898-1977). El título No soy turista (2026) es toda una declaración de principios que habría que entender con la afirmación que le sigue: soy una viajera. 

 Son realmente asombrosos los itinerarios de Oliver, fundadora, junto con Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, de la mítica revista Sur en 1931. Más asombrosos si se recuerda la atrofia que le dejó como secuela una poliomelitis infantil. La escritora recorrió las principales capitales europeas (París, Berlín, Viena, Madrid…), la Unión Soviética, China e India, entre 1952 y 1954, y gran parte del continente americano, entre Estados Unidos y Chile. 

 La literatura de Oliver era, como diría Carlos Monsiváis, “esencialmente viajera”. No habría que esperar otro tipo de prosa de una autora cuyo primer libro se tituló Geografía argentina (1939), un manual de enseñanza para niños. Pero sería equivocado limitar su obra al género de “literatura de viajes”. Como muestra esta antología de Petra, lo que sucede con Oliver es que otras formas de escritura, como la crítica, el ensayo o la carta, reproducían el estilo viajero. 

 Muy amiga de Alfonso Reyes, desde los años de la fundación de Sur, cuando el mexicano fue embajador en Argentina y Brasil, Oliver visitó México en 1944 y 1946. De este país dijo que “era el más misterioso de cuantos había conocido”. Recuerda que la llevaron al Desierto de los Leones, donde no vio “ni uno solo embalsamado”. Y recuerda también sus encuentros con Orozco, Rivera y Cantinflas y sus visitas a Morelia, a Pátzcuaro y a Puebla, donde la gente se pasea entre iglesias y habla como entre murmullos y silencios. 

 Oliver contaba sus viajes en cartas a sus amigas. Por ejemplo, a Gabriela Mistral, en 1947, le narró sus impresiones de México y los contrastes que veía a su paso por Guatemala y Bolivia. Sobre La Paz, dice que tuvo las sensación de llegar a otro planeta: “qué aridez tan linda y cuánto color en esa piedra desnuda ¡Qué bondadosa y sencilla su gente culta y qué serio y trabajador su pueblo indio”. 

 Escribía Oliver, en 1944, que los latinoamericanos de su generación habían sustituido el “viajar por Europa” con el “viajar por América”. En Río de Janeiro y Sao Paulo, en Santiago, Lima o Bogotá, la escritora se encontraba con una tribu de vecinos, muy próximos entre sí, pero también muy distintos e incomunicados. Estados Unidos y específicamente Nueva York eran estaciones obligadas de dichas trayectorias. 

 Después de respaldar a los republicanos españoles en la Guerra Civil peninsular, en los 30, y de simpatizar con el giro roosveltiano de las relaciones interamericanas, en los 40, Oliver se involucró en las redes del Consejo Mundial por la Paz y los congresos que realizó en Viena, Helsinki y Ceilán. A diferencia de Reyes y Mistral y de sus amigos de Sur, que giraban más en la órbita del Congreso por la Libertad de la Cultura, ella se aproximó al polo izquierdo de la Guerra Fría. 

 No fue raro, entonces, que María Rosa Oliver apareciera, en 1964, en La Habana, como jurado del Premio Casa de las Américas. En aquella visita se entrevistó con el Che Guevara, cuyos Pasajes de la guerra revolucionaria se le parecieron, estilísticamente, a Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, el escritor y político argentino del siglo XIX. 

 Con Guevara, Oliver habló de Baudelaire y de Marx, de la proliferación de guerrillas en América Latina, que ella no creía generalizable, y de cine. La argentina, gran conocedora de cinematografía europea y estadounidense, no ocultó su desilusión cuando Guevara le dijo que prefería los westerns a Viridiana de Luis Buñuel. Sintió alivio, eso sí, cuando Guevara le dijo que se oponía a la censura en la isla.

jueves, 27 de agosto de 2026

Vaciar un continente




Paulo Antonio Paranaguá es un historiador y periodista brasileño que, durante la dictadura militar en su país, se exilió en Barcelona y luego en París. En esta ciudad se ha dedicado a estudiar y a escribir sobre la historia del cine latinoamericano y ha trabajado, también, como corresponsal y articulista de temas latinoamericanos para el periódico Le Monde. 

 El último libro de Paranaguá es una historia de América Latina a través de cien fotografías. Dado que el arte fotográfico es un medio de expresión de la modernidad, por sus orígenes y su trayectoria desde fines del siglo XIX, esta Historia de América Latina en 100 fotografías (Río de Janeiro, Bazar do Tempo, 2025), resulta un libro que recopila imágenes de más de un siglo, pero que documenta una experiencia milenaria. 

 Las primeras fotos que glosa Paranaguá son de sitios arqueológicos como los de Machu Picchu en Perú, Tikal en Yucatán y La Venta, en Villahermosa, Tabasco. Las fotos de Teobert Maler, Martin Chambi y Richard Hewitt Stewart nos presentan cabezas olmecas, ruinas en estado silvestre y una vista privilegiada de la ciudadela inca. Aquellas fotos, tomadas en las décadas fundacionales del género, pusieron a circular globalmente una visión de las grandes civilizaciones originarias. 

 Luego el libro se mueve al largo periodo colonial de México, Suramérica y el Caribe, pero al igual que en el periodo anterior a las conquistas, son pocas las fotos comentadas. Apenas una fachada de la catedral boliviana de Concepción, en Chiquitanía, Santa Cruz, u otra, muy conocida, de un soldado insurrecto del ejército mambí, en la última guerra de independencia de Cuba, ilustran la fase colonial. El último tramo del siglo XIX, sin embargo, capta con precisión el momento de las guerras civiles y las repúblicas de orden y progreso en la región. 

Vemos desfilar retratos de Benito Juárez, Porfirio Díaz, Rubén Darío y del gaucho “Martín Fierro”, que Francisco Ayerza propuso para la primera edición del poema narrativo de José Hernández, pero también esclavos negros en Bahía, indígenas onas, de la Tierra del Fuego, llevados como objetos de museo a la Exposición Universal de París en 1889, y cadáveres de soldados bolivianos, siendo enterrados por oficiales chilenos, en la Guerra del Pacífico. 

 El con razón llamado “siglo de la fotografía”, ocupa el centro del libro de Paranaguá. Unas 70 fotos, de las 100 escogidas, refieren los principales acontecimientos que moldearon la historia de la región en la pasada centuria: las intervenciones militares de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe, el emporio de la United Fruit Company, la Revolución Mexicana, el peronismo y el varguismo, la Guerra Fría, las dictaduras militares, las guerrillas, las transiciones democráticas, el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela y la elección del papa Francisco. 

 La cultura latinoamericana de fines del siglo XX, que Paranaguá ha estudiado a lo largo de su carrera intelectual y periodística en París, se hace presente en el volumen por medio de retratos de músicos populares como Dámaso Pérez Prado, actrices como María Félix, artistas como Frida Kahlo y Wifredo Lam y escritores como Pablo Neruda, Octavio Paz y Gabriel García Márquez. El cine, interés especial de Paranaguá, aparece por medio de un close up impactante de Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, captado para la publicidad por Luis Márquez Romay. 

 La nómina de fotógrafos elegidos demuestra el tino y el equilibrio con que Paranaguá ha diseñado esta historia de América Latina en imágenes. Eran ineludibles los grandes fotógrafos estadounidenses que pusieron el lente en la región, como Jack Delano y Walker Evans. Pero el grueso del volumen funciona como antología de clásicos de la fotografía latinoamericana: los mexicanos Agustín Casasola, Manuel y Lola Álvarez Bravo, los argentinos Pinélides Fusco y Adriana Lestido o los cubanos Alberto Korda y Chinolope.

lunes, 24 de agosto de 2026

Monsiváis antes de Monsiváis




Las memorias precoces de Carlos Monsiváis, escritas por encargo de Emmanuel Carballo hace sesenta años, y rescatadas ahora por la editorial Siglo XXI, están firmadas en octubre de 1966. En aquel mismo año, Monsiváis trabajó en su antología La poesía mexicana del siglo XX (Empresas Editoriales, 1966), por lo que la autobiografía que ahora aparece con el título El intelectual público fue, de hecho, su primer libro. 

 Es raro que el primer libro sea una autobiografía, aunque no pocas escuelas, clubes o partidos exigieran ejercicios similares para pasar de grado o ser admitido como miembro o militante. Lo cierto es que el Monsiváis que se lee en estas memorias es claramente el mismo autor que leeremos después en Principados y potestades (1969) y Días de guardar (1970): la misma ironía, el mismo desparpajo controlado, la misma mezcla de epigramas, frases en inglés y francés y oraciones interminables. 

 El texto es una carta de presentación en toda regla, que arranca así: “desde el principio, la pequeña burguesía me acogió en su seno”. A esta declaración de pertenencia de clase, sigue otra de fe: el traslado de su familia desde la Merced hasta la Colonia Portales, por la Calzada de Tlalpan, como se si tratase de un éxodo de Egipto a Canáan o una “diáspora”, como la de los personajes de Las viñas de la ira de John Steinbeck o de la versión fílmica de John Ford. 

 “Las razones migratorias de ese éxodo atroz de los 40”, agrega, “fueron religiosas”. Su familia era “esencial, total y férvidamente protestante” y su templo estaba en la Portales. El joven Monsiváis confiesa que su vida de lector comenzó con la traducción de la Biblia de los conversos españoles del siglo XVI, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. 

De los clásicos protestantes, pasaría, muy pronto, a “Homero y Virgilio, las divulgaciones freudianas de Gómez Nerea, a Jane Austen, a las novelas de Martín Luis Guzmán y Rómulo Gallegos, los folletones de Eugene Sue y Vicente Riva Palacio, las biografías de Ludwig y Zweig y Los Sertones de Euclides da Cunha”. 

 Lo que no cuenta Monsiváis, pero sí Elena Poniatowska y Rubén Sánchez Monsiváis, en sus prólogos, es que a través de los cánticos del templo protestante de la Portales, el escritor desarrolló buena voz y entonación, que rápidamente trasladó a su afición por las cantantes de jazz, Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Sarah Vaughan, las del bolero, Olga Guillot, Toña la Negra, María Luisa Landín y, por supuesto, las de rancheras como Chavela Vargas. 

 La política ingresa en la formación intelectual de Monsiváis en los años 50 por dos vías, que no se destacan lo suficiente en aquella generación: el juarismo y el henriquismo. Dice el escritor que, de joven, “su protestantismo duplicaba su juarismo”, o viceversa, y cuenta al detalle cómo, a través de un tío suyo, se involucró en la campaña presidencial de Miguel Henríquez Guzmán en 1951. 

 El henriquismo conectó al joven Monsiváis con el cardenismo y con viejos líderes revolucionarios como Francisco J. Mújica y Genovevo de la O. La derrota y la represión en 1952 fueron su iniciación en el desencanto con el autoritarismo priista. Luego menciona el movimiento del magisterio encabezado por Othón Salazar en 1958, a Demetrio Vallejo y la huelga ferrocarrilera en 1959 y el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962 como los tres fenómenos que lo convencieron de que la “política oposicionista era su obsesión, su sentido vital, su perspectiva única”. 

 Las memorias juveniles de Monsiváis exhiben su anglofilia, su pasión por Nueva York y Londres, ciudades que conoció bien, y su cinemanía. Rinde honores, sí, a sus maestros (Reyes, Novo, Cuesta, Paz…) y agradece la compañía de sus amigos (Fuentes, Pacheco, Pitol, García Terrés, Rojo…). Pero cierra el texto con el enigmático desplante de “no admiro a mi generación: la veo demasiada uncida al régimen imperante, la veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar”.