Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

jueves, 16 de julio de 2026

Barrocos y neoclásicos, oficiales y disidentes en la poesía novohispana



Uno de los últimos títulos de la valiosa colección de Historias Mínimas de El Colegio de México es la dedicada a la poesía novohispana, escrita por Martha Lilia Tenorio, profesora de esa institución. La académica introduce desde las primeras páginas la denominación de “poesía oficial o comprometida” para referirse a la escrita con motivo de los actos oficiales de la monarquía católica en la Nueva España. Los términos suenan muy contemporáneos, pero tienen sentido en el libro de Tenorio. 

 Por ejemplo, a la muerte del emperador Carlos V en 1558, el virrey Luis de Velasco organizó conmemoraciones, luego recogidas en el Túmulo imperial de la gran ciudad de México (1560) de Francisco Cervantes de Salazar. Dentro de la obra aparecían poemas, como los de Cristóbal Cabrera, que escenificaban un diálogo imaginario entre España y la Muerte, en el que la segunda intenta convencer a la primera de que el deceso del emperador no era más que un trámite para hacerlo inmortal. Esa poesía, que exaltaba las glorias de los reyes de España y los virreyes de Nueva España, es la que Tenorio llama oficial. 

 En el siglo XVII, Tenorio encuentra algo parecido durante los festejos por el centenario de la conquista de México en 1621. Los virreyes Diego Fernández de Córdoba y Juan Paz de Vallecillo estuvieron involucrados en el diseño y ejecución de aquellas fiestas. Los poemas de Arias de Villalobos en Obediencia que México dio a don Felipe de Austria (1623) eran imitaciones barrocas de Luis de Góngora, en las que se rendía culto a San Hipólito, por las fiestas patronales de ese año, se lamentaba la muerte Felipe III, se juraba nueva lealtad a Felipe IV y se rememoraba la hazaña de Hernán Cortés. 

 Cuando en 1982 apareció el brillante ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre las tantas polémicas que lo acompañaron, estuvo la de si el poeta mexicano exageraba la analogía entre el régimen novohispano y las dictaduras totalitarias del siglo XX y si, en consecuencia, la monja novohispana había sido una disidente y una feminista avant la lettre. Tenorio sigue más a Antonio Alatorre que a Octavio Paz en su lectura de Sor Juana, pero coincide en que la poética sorjuanina quiebra los moldes del barroco oficial e imitativo de las generaciones anteriores. 

 Aunque haya escrito poemas a virreyes y arzobispos, la poesía de Sor Juana trascendía el barroco del Siglo de Oro peninsular por composición estilística, apertura intelectual y libertad moral. En los círculos eclesiásticos y letrados de la Nueva España, Sor Juana representaba un desafío a la poesía oficial, muy distinto al de la lírica popular y anónima, las sátiras blasfemas o las llamadas “coplas de negros”, pero un desafío al fin. 

 Hacia el final de su libro, Tenorio presenta otra fisura a través de la poesía de los últimos años del virreinato, en la que destacaron Anastasio de Ochoa y Acuña y Francisco Manuel Sánchez de Tagle, entre otros. Aunque literariamente mejor formados, poetas previos, como Manuel Martínez de Navarrete o José Manuel Sartorio, agrupados en la Arcadia Mexicana y el Diario de México, habían desembocado en un neoclasicismo oficial, que llegó a ser, en algunos casos, fernandista y hasta contrainsurgente al inicio de la guerra de independencia. 

 En Ochoa, Lizardi y el injustamente olvidado Sánchez de Tagle, en cambio, encuentra Tenorio indicios de romanticismo que, en el plano de las ideas políticas, se mezclan con una transición al republicanismo católico. Dice Tenorio que Sánchez de Tagle era un “autor más bien mediano, pero con oficio”. Seguramente tiene razón, pero el michoacano llegó a escribir poemas como el titulado “A la luna en tiempos de discordias civiles”, donde se leen estos versos tan actuales: “no habrá mérito ya, virtud segura;/ todo se ataca, todo se atropella/ con mano y lengua impura:/ imprudente maldad todo lo huella”.

martes, 14 de julio de 2026

Carlo Ginzburg: la historia en la sangre




Su padre, Leone Ginzburg, fue un judío ucraniano que emigró a Italia y se dedicó a estudiar, enseñar y traducir la literatura rusa en Turín. Fundó con Giulio Einaudi y Cesare Pavese la editorial Einaudi y se involucró en la clandestinidad antifascista contra el régimen de Benito Mussolini. En 1943 fue arrestado por la Gestapo en Roma, torturado y luego asesinado en la siniestra cárcel de Regina Coeli, en el barrio de Trastevere. 

 Su madre, Natalia Ginzburg, fue una de las grandes escritoras italianas de todos los tiempos. Autora aclamada de Nuestros ayeres (1952) y Léxico familiar (1963), que dan vida desde la memoria a aquel pasado trágico, fue también la pensadora sutil de Las pequeñas virtudes (1966), textos en los que condensó sus ideas sobre la educación y la familia, la libertad y la cultura. 

 Él, Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, en cuya universidad enseñaba desde hace más de cuarenta años, se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI. 

 Ginzburg comenzó a ser conocido fuera de Italia después de la publicación y traducción de su brillante estudio El queso y los gusanos (1976), que editó Einaudi. El libro reconstruía, a través de un expediente inquisitorial, la cosmovisión de Menocchio, un humilde molinero del Véneto, a fines del siglo XVI, que cuestionaba la idea del Purgatorio, la inmaculada concepción de María, la santísima Trinidad, la autoridad papal y los privilegios del clero. 

Al tribunal del Santo Oficio sonaron luteranas o calvinistas las ideas de Menocchio, pero lo que más lo escandalizó fue su personal versión del Génesis. Según el molinero, una masa amorfa de tierra, agua, fuego y aire había generado, como la leche el queso, un enjambre de gusanos: los ángeles. Dios era uno de aquellos ángeles, por lo que era creador y criatura al mismo tiempo, junto con las plantas, los animales, los monstruos, Lucifer y los arcángeles, a quienes puso bajo sus órdenes. 

Menocchio fue quemado en la hoguera en 1599 por hereje, y Carlo Ginzburg, el historiador que rescató a aquel personaje real de la Edad Media, sería cuestionado a fines del siglo pasado por viejas corrientes historiográficas, deudoras del positivismo, el marxismo-leninismo, el estructuralismo y otros enfoques. Se le reprochó a Ginzburg dar como fuentes válidas los documentos de la Inquisición y hablar de una “cosmogonía personal”, cuando se trataba de creencias colectivas. 

Aquellas polémicas fueron perfilando en Ginzburg una idea de la historia que nadó a contracorriente, hasta alcanzar una amplia referencialidad. Desde el punto de vista teórico, el aporte del historiador italiano sería fundamental: propuso no pensar los rastros del pasado como pruebas o evidencias de hechos rotundos sino como huellas o indicios de fenómenos, muchas veces, con desenlaces imprecisos. 

En libros posteriores como El juez y el historiador (1993), sobre el caso de Adriano Sofri, militante y periodista italiano, condenado a prisión por terrorismo y asesinato, Ginzburg desarrolló más la diferencia entre historia y derecho. La confusión entre estas formas del saber, tan común en las apelaciones al “tribunal de la historia” o en las demandas de paredón por vía académica, según el historiador, tiene como sustrato el dogma positivista de los hechos duros. 

En otro libro suyo, El hilo y las huellas (2010), editado por el Fondo de Cultura Económica, se argumenta a favor del diálogo entre historia y literatura, verosimilitud y ficción, justo en el momento de arranque de las nuevas tecnologías de la postverdad. Hoy, redes y medios se saturan de auténticas patrañas, revestidas del mismo viejo positivismo, que refutaba con tanta elocuencia Carlo Ginzburg, un académico que llevaba la historia en la sangre.

domingo, 12 de julio de 2026

Regreso a los 90 con Jordi Soler



He leído de un tirón Las armas de la ilusión (Alfaguara, 2026) de Jordi Soler, supongo que por sus ráfagas de memoria de los años 90 en el antiguo DF. Llegué a esta ciudad en el verano de 1991 y me enteraba de lo que sucedía en México y el mundo por el periódico La Jornada, que muchos cargábamos con nuestros libros en los peseros de Avenida Universidad, Copilco e Insurgentes, rumbo a la UNAM y el Colmex. 

 A Jordi Soler lo escuchábamos en la estación de radio Rock 101 y luego lo veíamos en el Canal 11, en el programa Del Rock y otras rolas. Después lo hemos leído en sus novelas y sus brillantes columnas en el periódico Milenio. Pero en este último libro, el escritor nos devuelve de golpe a su juventud, que fue también la nuestra, en aquellos años de ilusiones desarmadas y sueños paralizantes. 

 La novela -¿es esta memoria una novela o es esta novela una memoria?- comienza con el rock y muy rápido se desplaza al revuelo que causó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la juventud capitalina. En mi recuerdo, el DF era un lugar muy rockero, si se comparaba, por ejemplo, con La Habana, la ciudad de la que yo venía. En Rockotitlán y otros bares escuchábamos a Los Caifanes, Maldita Vecindad, Botellita de Jerez y Santa Sabina. 

 Pero Soler comienza aludiendo a algunos equívocos o desencuentros entre el rock y la ciudad, que dan un tono premonitorio a la trama de este libro. Recuerda el escritor cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, Joe Cocker no pudo cantar un solo tema, de lo borracho y drogado que estaba, o cuando Jim Morrison de los Doors “lucía un vistoso coma etílico” o cuando unos dobles de Ian Gillan y Ritchie Blackmore se hicieron pasar por los Deep Purple en la Ciudad de los Deportes. 

 Ese preámbulo da paso con fluidez a la historia de los múltiples intentos de frustración oficialista del concierto de “Rock por la Paz y la Tolerancia”, organizado por el EZLN y varios grupos rockeros mexicanos en 1995 en el Estadio de Prácticas de la UNAM. Soler hizo un promocional de aquel concierto, con la voz del Subcomandante Marcos, que se trasmitió durante semanas, a pesar de múltiples amenazas y conatos de censura. 

 Las memorias de Soler se colocan en ese punto de vivencia e inverosimilitud que es propia de las novelas. El pasaje dedicado a la entrevista con el escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios (1994), en una tienda de vestidos de novia del Centro Histórico de la Ciudad de México, es completamente novelesco. La conversación entre los dos escritores recorre temas como el culto a María Auxiliadora, la Iglesia, el travestismo y la sobrepoblación mundial. 

 La conversación entre Vallejo y Soler, para el noticiario Blanco y negro, que conducían Javier Solórzano y Carmen Aristegui, se conserva en Youtube, pero la narración de Las armas de la ilusión desborda ágilmente aquella realidad audiovisual. En el libro se cuenta que, después de la entrevista, los interlocutores se fueron con la editora Marisol Schulz a casa de Vallejo en la calle Amsterdam, donde el novelista colombiano tocó al piano una sonata de Antonio Soler, y terminaron la noche persiguiendo un carrito de camotes por la Condesa. 

 Recrea también Jordi Soler algunas escenas de su paso por Dublín, como agregado cultural de México en los años 2000. Entre sus proezas joycenas, en la capital irlandesa, estarían entrevistar, traducir y editar al poeta Seamus Heaney, Premio Nobel en 1995, y organizar una muestra de retratos de José Luis Cuevas en la casa de Oscar Wilde, en Merrion Square. 

 Todo esto está narrado con un derroche de “self mockery” o con una falta de solemnidad que mucho recuerdan a James Joyce, al propio Fernando Vallejo, pero también a Guillermo Cabrera Infante. El escritor recuerda su pasado, bien claro de que “una sola piedra puede desmoronar un edificio”, como decía Francisco de Quevedo, lo cual suena a antídoto contra tanto narcisismo y escarnio en las redes.

viernes, 26 de junio de 2026

Rosas y otros Cincinatos hispanoamericanos




La historiadora argentina Marcela Ternavasio, autora de libros imprescindibles sobre la revolución de independencia en el Río de la Plata y los dilemas del orden político en la primera mitad del siglo XIX en Argentina e Hispanoamérica, ha publicado un nuevo estudio sobre Juan Manuel de Rosas, el gran caudillo bonaerense, que moldeó el arranque de aquella república. 

 El libro se titula Juan Manuel de Rosas. Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la república y lo edita Siglo XXI en Buenos Aires, la misma casa que ha publicado otros títulos fundamentales de Ternavasio como Gobernar la revolución (2007) y Los juegos de la política (2021). El significado del subtítulo, “retrato de un líder polarizador”, podría prestarse a algún equívoco si no se lee con atención el volumen. 

 El libro es más que un retrato de Rosas o un ensayo biográfico sobre quien, según él mismo, “gobernó Argentina por treinta años”. La interpretación de la historiadora va más allá de la figura de Rosas, sus ideas, sus motivos o sus decisiones, no sólo porque perfila también a otros de sus contemporáneos, rivales o interlocutores, como Juan Lavalle, Facundo Quiroga o Justo José de Urquiza, sino porque ofrece un marco analítico abarcador del primer régimen republicano argentino. 

 La historiadora repasa la historiografía sobre Rosas y se detiene en las contribuciones de Raúl Fradkin y Jorge Gelman, que hablaron de un “sistema rosista”, de Roy Hora, que ha insistido en leer al caudillo no como líder emblemático de una sociedad sino como actor político, de Andrea Reguera, quien puso énfasis en las redes interpersonales de Rosas, y de Jorge Myers, autor de un estudio clásico sobre el republicanismo en las primeras décadas del Río de la Plata postcolonial. 

 El libro de Ternavasio explora cómo la renuncia a cargos formales en el ejército, la administración regional y a la propia jefatura del Estado se convirtieron en mecanismos de autorización del poder de Rosas. El caudillo cultivaba una imagen de hombre de campo o estanciero, mientras se adueñaba del poder político de la Confederación argentina desde el gobierno de Buenos Aires.  La figura romana de Cincinato, que en Estados Unidos se asoció a George Washington y simbolizaba el ejercicio del poder, no por voluntad propia, sino por el bien de la patria en peligro, fue apropiada por el rosismo. 

 En México, en las mismas décadas, a Antonio López de Santa Anna se le representó como un Cincinato mexicano. Cuando la escocesa Madame Calderón de la Barca y su esposo, el ministro de España, llegaron a Veracruz y visitaron a Santa Anna en su hacienda Manga de Clavo, en 1839, esa fue la imagen que el caudillo xalapeño trasmitió a la pareja. En su libro La vida en México (1843), la escritora aludió textualmente a Santa Anna como el Cincinato de México. 

 Aquella aureola de humildad popular fue la fachada de una triple conquista operada por Rosas: la de las comunidades de ranqueles y pampeanos del llamado “Desierto” argentino, la de la opinión pública y la de la sociabilidad cotidiana. El “Restaurador de las Leyes”, a quien se adjudicaba el regreso del orden y la estabilidad en la provincia de Buenos Aires, creó una red de colaboradores leales, dentro y fuera del país suramericano, que apuntalaron su rol de líder insustituible. 

 El Rosas de Ternavasio tiene una factura brillante y circular: empieza como concluye y termina como inicia. Un Rosas exiliado, anciano, en Southampton, corrige por enésima vez su testamento y no puede evitar regresar a sus impulsos de siempre. Derrotado en Caseros, veinte años atrás, por Urquiza, quien le envía mil libras esterlinas anuales, vuelve a presentarse como un humilde granjero, carente de ambiciones, pero reivindica su prolongado mandato y refuta puntualmente a cada uno de sus críticos. Sólo pide una cosa: que sus restos sean repatriados, cuando en su patria “se le reconozca”.
 
  Fue el peronismo de derechas el que más avanzó en el proyecto de repatriación de los restos de Rosas. El presidente Carlos Saúl Menem logró que los huesos de Rosas fueran trasladados a Francia, para luego ser enviados a Argentina, donde serían enterrados en la Catedral de Buenos Aires, junto a los de San Martín. El proyecto se frustró por regulaciones del Vaticano sobre el enterramiento en catedrales, pero Menem logró que la osamenta de El Restaurador fuese enviada de Francia a Argentina y enterrada con honores en Rosario en 1989, en el panteón familiar.

viernes, 12 de junio de 2026

La profecía cubana de John Womack






En la página final de sus Cuadernos para la historia Cuba (ITAM/ Fundación Ortega-Marañón, 2025), John Womack cierra el volumen con estas palabras: “Imaginar que Cuba, tal como está organizada ahora, se derrumbará como Alemania del Este es, creo, una ilusión. Conquistarla es posible, pero sería tremendamente costoso en sangre y dinero. Negociar, en abstracto, es lo más razonable, pero hasta ahora ha sido imposible incluso acordar los términos de la negociación, ya que Estados Unidos insiste en su definición y Cuba insiste en su independencia absoluta”. 

 Estas palabras fueron escritas, como recuerda Womack en el Prefacio, entre 1994 y 1999. En aquellos años gobernaba Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, un presidente que abrió una interlocución tímida e indirecta con La Habana, antes de 1996, cuando regía la Ley Torricelli, cuyo “segundo carril” mostraba alguna voluntad negociadora. Después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, por el que hoy se está imputando a Raúl Castro en Estados Unidos, Clinton, que había expresado el deseo de vetar una nueva ley que reforzó el embargo comercial contra la isla, la Helms-Burton, firmó esta enmienda y la relación bilateral se complicó al final de su mandato. 

 Cuando Womack hizo las últimas revisiones de aquellos cuadernos, a fines de la década, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban por entrar en uno de sus momentos de más frenética confrontación, con el caso del niño balsero Elián González. El texto del historiador de Harvard no refleja tanto la rispidez de los años finales de la administración Clinton y, sobre todo, los primeros de la de George W. Bush, como la atmósfera menos tensa de la primera mitad de los 90. Resulta revelador el pasaje, no sólo por el realismo con que Womack observaba entonces las pocas posibilidades de un cambio de régimen en Cuba. 

  No compartía el historiador el predominante entusiasmo que entonces suscitaba la idea de que se produciría un desplome del socialismo real en la isla, como el que experimentaban los regímenes de Europa del Este. Aquel pesimismo era, sin dudas, visionario, a la luz de la historia de Cuba en el tránsito del siglo XX al XXI. Pero más premonitorio resultaba que contemplara la posibilidad de una negociación entre Estados Unidos y Cuba. 

  En aquellos años, en que Fidel Castro gozaba de un renovado reconocimiento en América Latina, gracias, en buena medida, a líderes decididos a incluir a Cuba en foros iberoamericanos como Felipe González, Carlos Andrés Pérez o Carlos Salinas de Gortari, eran muy pocos los que creían en la posibilidad de un entendimiento entre Castro y Clinton. 

 Muy probablemente, cuando escribió aquel pasaje, Womack estaba al tanto del intento de mediación entre Estados Unidos y Cuba, que hizo Carlos Salinas de Gortari, con ayuda de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Y seguramente, la interpretación Womack sobre el por qué fracasaron aquellas negociaciones, luego de la Ley Helms-Burton -aunque por el camino lograron el acuerdo migratorio de 1994, tras la “Crisis de los Balseros”- tuvo que ver con su lectura del reforzamiento legislativo del embargo comercial estadounidense. 

 Cuando Womack se refería a la posibilidad de una “conquista” de Cuba tal vez estuviera pensando en los impactos de la presión comercial intensificada en la Ley Helms-Burton o, de hecho, en una intervención militar. Cualquiera de esos dos escenarios se derivaban de la frase del historiador de que Estados Unidos persistía en su “definición” de Cuba como un régimen comunista, enemigo de Washington. 

 En lo único en lo que, quizá, el pronóstico de Womack erró fue en la idea de que la apuesta de Cuba era por una “independencia absoluta”. La historia tanto de la dependencia de La Habana de la Venezuela chavista como de la propia negociación entre Raúl Castro y Barack Obama, entre 2013 y 2016, prueba que Cuba sí cedió en su soberanía.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Tres momentos mexicanos de Jean Marie Le Clezio




El escritor francés Jean Marie Le Clézio, merecedor del Premio Nobel en 2008, tiene una larga relación con México, sostenida durante muchos años través de exhaustivos recorridos por Michoacán, Yucatán o la frontera norte y de sus lecturas de Sahagún y Motolinía, de Octavio Paz y Jean Meyer. Un volumen reciente, Tres entradas a México (Bonilla Artigas/ SEP, 2025), traducido por Adolfo Castañón, reúne piezas suyas, dedicadas a grandes escritores mexicanos de todos los tiempos, como la poeta Sor Juana Inés de la Cruz, el narrador Juan Rulfo y el historiador Luis González y González. 

 La primera pertenece periodo colonial, el segundo al revolucionario y el tercero, González y González, a la era extendida de la Revolución institucionalizada. Pero los tres, según Le Clézio, dan voz a momentos precisos y discernibles de la historia de la cultura mexicana. Cada uno de ellos, dice el escritor francés, inventó una lengua para comunicarse con sus semejantes, en medio de las restricciones y las censuras que ensombrecían aquellas épocas. 

  La invención de una lengua, a través de la literatura, fue un mecanismo de protección para Sor Juana, Rulfo y don Luis en momentos en que la expresión escrita, en México, era sometida a interdicciones públicas de muy diversa índole. En tiempos de Sor Juana, como estudiaran Octavio Paz y Margo Glantz en textos clásicos, el régimen colonial ejercía vigilancia y control sobre la literatura a través del Tribunal del Santo Oficio o Inquisición y rechazaba que una mujer, para más señas, una monja se dedicara a las letras. 

  En los versos de Los empeños de una casa o en los de Primero sueño, así como en sus cartas a Sor Filotea o a su confesor, Antonio Núñez de Miranda, se afirmaba el derecho a la rebelión contra el hermetismo eclesiástico. En tiempos de Rulfo, los extremos ideológicos del liderazgo revolucionario y de no pocos de sus oponentes desembocaron en un enfrentamiento entre el Estado mexicano y el campesinado católico. La guerra cristera, sostiene Le Clézio, está en la raíz memoriosa de toda la narrativa de Rulfo, desde El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) hasta El gallo de oro (1980). 

La traumática infancia de Rulfo en Guadalajara, durante la guerra cristera, cuando pierde a sus padres y se ve arrojado a un mundo de abuelos, bisabuelos y antepasados fantasmales, es la experiencia que detona aquellas ficciones. En los de Luis González, el discurso oficial del nacionalismo revolucionario comulgada con el relato de una marcha nacional hacia un destino común, que arrastraba a cada pueblo o comunidad local. El historiador michoacano, de acuerdo con Le Clézio, resistió aquella marcha ideológica triunfalista, por medio una inmersión en la historia de su pueblo, San José de Gracia, donde la vida comunitaria se reproducía con el suficiente margen de autonomía como para que el acontecer nacional apenas se escuchara en los ecos de una batalla distante. 

  Se interesa también Le Clézio, con una lectura que derrocha discernimiento, en el arte fotográfico de Rulfo. Dice el escritor francés que cuando Rulfo recorría México con “su cámara terciada sobre el pecho”, a partir de 1940, buscaba documentar un país para el que “la Revolución era más un recuerdo” que una vivencia. En medio de ese mundo en ruinas, sombrío, la luz que encontró Rulfo fue la que iluminaba el rostro de Clara Aparicio Reyes, a quien inmortalizó en sus fotos. 

  Hay algo “entenebrecido”, que Le Clézio observa en los tres escritores, Sor Juana, Rulfo y González, y que tiene que ver con esa mirada a lo profundo de la realidad mexicana, en cada uno de los tres momentos. Los tres supieron sostener la mirada a la oscuridad de sus tiempos, como diría Hannah Arendt, y extraer de la penumbra verdaderos destellos de lucidez y belleza. A través de ellos, habla también Le Clézio, un francés de Niza, obsesionado con las interrupciones del sueño mexicano.

martes, 19 de mayo de 2026

Womack en el Colmex





John Womack, legendario historiador de la Universidad de Harvard, autor de Zapata y la Revolución mexicana (Siglo XXI, 1968), estuvo de visita en la ciudad, con motivo de la concesión del Premio Alfonso Reyes de Humanidades por El Colegio de México. Durante la ceremonia, Womack leyó un adelanto de un ambicioso libro inédito en que se remonta al virreinato de la Nueva España para explorar las raíces históricas profundas de la Revolución mexicana de 1910. 

 Argumenta el veterano historiador que la experiencia revolucionaria mexicana en el siglo XX, que considera excepcional dentro de América Latina y el Caribe, no se entiende sin la condición del virreinato de Nueva España como entidad histórica localizada en el centro del mundo entre los siglos XVI y XIX. Ese México fronterizo, instalado entre el Atlántico y el Pacífico, entre La Habana y Manila y entre la América del Norte y la del Sur, debe conocerse si se quiere aquilatar el gran vuelco de la Revolución mexicana. 

 No duda Womack del cambio producido por la Revolución, pero también entiende aquella experiencia como una pugna entre muy diversas corrientes sociales y políticas en las que hubo “revoluciones ganadoras y revoluciones perdedoras”. Estas últimas, sostuvo Womack en una conversación con los colegas Jean Meyer y Aurora Gómez, fueron las populares encabezadas por Emiliano Zapata y Pancho Villa. Recordó Womack, en el mismo diálogo, los equívocos que acompañaron la primera edición en español de su gran estudio sobre Zapata y el zapatismo en Morelos. 

En la traducción al español de su tesis doctoral en Harvard, editada por Arnaldo Orfila en Siglo XXI y a cargo de Francisco González Aramburu, exiliado republicano español, quien llegó a México con el grupo de los “niños de Morelia”, se presentó “country people” como campesinos y se propuso la frase celebérrima de que aquellos revolucionarios se sumaron a la Revolución “porque no querían cambiar”, en lugar de que “no querían mudarse” o “dejar su casa” o “abandonar sus pueblos”, que habrían sido más fieles al sentido del manuscrito. 

 En una revisión de la traducción de González Aramburu, del historiador de la Universidad de Chicago, Emilio Kouri, para el Fondo de Cultura Económica, en 2017, se introdujeron ajustes reveladores, que vale la pena leer con cuidado. Womack piensa que aquella traducción contribuyó a dotar de un sentido conservador o utopista su visión de Zapata y el zapatismo, cuando su objetivo era retratar al líder y su movimiento, comprometidos con la causa de los pueblos de Morelos, bajo la óptica de un comunalismo práctico. 

 Otro de los ajustes en la traducción, que ahora pesa mucho en su nuevo proyecto inédito, es la consideración de valores de la cultura afrodescendiente de Morelos y el Sudeste de México dentro el zapatismo y otros movimientos revolucionarios de las primeras décadas del siglo XX. Dice Womack que hay señales de la tradición emancipatoria de los negros esclavizados en algunas de las corrientes más radicales de la Revolución en el Sur mexicano. 

 En las palabras de Jean Meyer y Aurora Gómez, en homenaje a Womack en El Colegio de México, se recordó la importancia de la obra del académico de Harvard no sólo para el estudio y la memoria del zapatismo, como se comprobó con el levantamiento del EZLN en Chiapas en 1994, sino también de las industrias de Veracruz y del movimiento obrero mexicano en el siglo XX. Su libro Posición estratégica y fuerza obrera. Hacia una nueva historia de los movimientos obreros (2012), también publicado por el Fondo de Cultura Económica, es una muestra de esta faceta. 

 El adelanto del gran estudio sobre México, en la larga duración, que leyó Womack en el Colmex, permite atisbar que se trata de una virtuosa articulación de historia económica, social y política; global, nacional y regional, de la mayor relevancia para las ciencias sociales. Ojalá que pronto contemos con una buena traducción al español y que ese nuevo libro se incorpore al debate historiográfico sobre la experiencia del México moderno.