Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Lorca y México



Cuando Federico García Lorca fue detenido por las fuerzas antirrepublicanas en Granada, en agosto de 1936, y poco después asesinado y enterrado en una fosa común, estaba preparándose para viajar a México. Aquí se encontraba su amiga Margarita Xirgu Subirá, actriz y dramaturga catalana, que desde abril de ese año estaba exiliada en La Habana, y preparaba una temporada de puestas en escena de Lorca en la Ciudad de México. 

 Xirgu había estrenado en Barcelona casi todas las obras de Lorca (Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa, Yerma, Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre) y había trabajado directamente con el poeta en la creación de La casa de Bernarda Alba. El proyecto de ambos era que Lorca se embarcase cuanto antes a México, para evitar que fuese arrestado por el franquismo, luego del levantamiento fascista de julio de 1936 contra la Segunda República. 

 Lorca no viajó nunca a México, aunque tenía muchos amigos y amigas mexicanos y varias veces estuvo a punto de llegar. Una de ellas fue en 1930, cuando entre marzo y junio de ese año estuvo en La Habana, al final de su estancia en Nueva York. Luego, a fines de 1933 y principios de 1934, Lorca recorrió Argentina, Uruguay y Brasil y tuvo una actividad frenética en la ciudad de Buenos Aires. Con varios de sus amigos mexicanos, especialmente con Salvador Novo y Alfonso Reyes, a quienes vio en Buenos Aires, habló de su deseo de visitar México. 

 Como ha contado Guillermo Sheridan, en Nueva York, Lorca se movió en un círculo de exilados españoles y mexicanos, en el que figuraban Federico de Onís, Dámaso Alonso, Julio Castellanos, Antonieta Rivas Mercado, Gilberto Owen y Emilio Amero. Este último, pintor y cineasta mexicano sería el potencial director de un guión de cine escrito por el poeta granadino, titulado Viaje a la luna. Otro mexicano que conoció Lorca en Nueva York fue el poeta sinaloense Owen, impulsor de la revista Ulises con Rivas Mercado, quien escribió otro guión de tema y factura muy parecidos, Hombre de la luna, que tampoco se realizó. 

 El 22 de noviembre de 1933, en Buenos Aires, Reyes anota en su Diario: “cien representaciones de Bodas de sangre de Federico García Lorca en el Avenida. Maravilla pura, da gusto que esto salga en la vida de uno”. Unos días después, apunta que ha asistido, con Lorca, a un ensayo de La zapatera prodigiosa en el mismo teatro Avenida. Luego, en marzo, de regreso a España, Lorca visitó a Reyes en Río de Janeiro junto a su amigo del teatro La Barraca, el arquitecto y escenógrafo Manuel Fontanals. 

 También en Buenos Aires se encontró Lorca con Salvador Novo, quien, como Reyes, formó parte de la delegación mexicana a la Conferencia Panamericana de Montevideo en 1933. En su libro Continente vacío (1935), Novo narra el encuentro en el hotel Castelar y dice que también asistió a un ensayo en el Avenida. Luego comieron ellos dos en un restaurante de la Costanera y Lorca acabó cantando la Adelita, elogiando a Pedro Henríquez Ureña, a quien también vieron en Buenos Aires, y criticando a José Vasconcelos por el suicidio de Antonieta Rivas Mercado. 

 Después de aquel encuentro, Novo cayó enfermo y Lorca fue ha visitarlo varias veces. En los años siguientes los dos poetas sostendrían una correspondencia amorosa, que ha sido rescatada por el investigador de El Colegio de México, James Valender. El afecto de Novo por Lorca llegó a ser tan intenso que el mexicano propuso al granadino trasladarse a vivir a Madrid a principios de 1935. 

 Tras el asesinato del poeta, Alfonso Reyes escribió una “Cantata en la tumba de Federico García Lorca”, pieza teatral poco conocida, que entre 1936 y 1938, se representaba en cuanto homenaje se hiciera al escritor granadino en capitales latinoamericanas. Margarita Xirgu, muy amiga también de Reyes, declamó aquella cantata junto con poemas de homenaje a Lorca como “El crimen fue en Granada” de Antonio Machado, “Elegía primera” de Miguel Hernández, “A un poeta muerto” de Luis Cernuda o la “Oda a Federico García Lorca” de Pablo Neruda.

domingo, 6 de septiembre de 2026

La voluntad de ignorar






Nuestra época atestigua una de las mayores reacciones contra las premisas ilustradas de la modernidad. Todo aquello que tan intensamente se debatió a fines del siglo XX, cuando las ideas postmodernas irrumpieron en la esfera pública global, experimenta ahora una constatación sombría: la revolución tecnológica se da acompañada de un avance de la superstición, el fanatismo y la ignorancia en la vida cotidiana. 

 Lo comentamos aquí, a propósito de La sociedad del desconocimiento (2022), el libro de Daniel Innerarity, y lo hemos vuelto a leer en La brecha entre saber y hacer (2026) de Joan Subirats. Hay una “disolución de la verdad en la conversación democrática”, dice Subirats, que responde a dos causas por lo menos: la velocidad con que las nuevas tecnologías, las redes sociales y la Inteligencia Artificial reemplazan la creación intelectual y la crisis de los mecanismos deliberativos y representativos de la democracia. 

 La erosión democrática encuentra terreno fértil en la polarización de las redes por la incapacidad para normar la comunicación en medios tan novedosos y aparentemente atomizados. Los algoritmos, dice Subirats, funcionan como máquinas replicantes de discursos de odio, estigmatizaciones políticas, fusilamientos de la reputación, pero también como quiebre de jerarquías del saber y simplificaciones, cuando no, tergiversaciones de la historia, más allá de todo revisionismo documentable. 

 En ese avance contrailustrado, las verdades dejan de ser dudadas para ser sustituidas por mitos o fantasías. Las fakenews son la forma más superficial de ese desplazamiento: mucho más grave que una noticia falsa en un periódico sería, por ejemplo, como sucede ahora mismo en Estados Unidos, que el ministerio de sanidad de cualquier país diese por válida la tesis no comprobada de que las vacunas producen autismo. Cuando alguna patraña sobre el pasado o el presente se convierte en política pública estamos en presencia de la manifestación más peligrosa del deseo de ignorar. 

 Mark Lilla, profesor de la Universidad de Columbia, dedica el tema su último libro, Ignorancia y felicidad. Sobre el deseo de no saber (2026), traducido por Daniel Gascón. Como en otros de sus libros, Pensadores temerarios (2006) o La mente naufragada (2017), la base de su argumentación proviene de la historia de la filosofía. Pero, esta vez, Lilla no se detiene tanto en perfiles de filósofos (Schmitt, Heidegger o Arendt; Rosenzweig, Voegler o Strauss) como en personajes de la filosofía: Edipo, Odiseo, Sócrates, protagonista de Platón. 

 El presente no siempre es visible en el ensayo, pero las líneas introductorias, en las que Lilla altera el mito de la caverna platónica, introduciendo el personaje de un niño que, después de salir de la cueva, prefiere regresar a la penumbra, alumbrado sólo por la luz de la pantalla de su computadora o su Iphone, dejan clara la intención de debatir el cambio civilizatorio que vivimos. 

 Todos los personajes del libro, incluido San Agustín, como protagonista de sus Confesiones, encarnan algún tipo de evasión del saber. Todos representan un malestar con el conocimiento y el rechazo a ser predestinados o codificados por una profecía o una mentalidad. Son rebeldes, y esa rebeldía es la que los ha convertido en referencias milenarias de la cultura occidental, desde Homero hasta Nolan. 

 Lo que se olvida, y ese olvido constituye un claro síntoma de la ignorancia de nuestro de desconocimiento, es que todos son también figuras que personifican un rechazo a la verdad y al saber. Es cierto que en su pleito con lo sabido exploran otras formas del saber, pero el impulso que los define está ligado a una relativización de certidumbres comunes. Son misólogos, más que filósofos, los personajes de este libro de Lilla, antiquísimas versiones del niño que, en las primeras páginas, prefiere regresar a su mundo seguro de sombras iluminadas en las paredes de la gruta por un fuego tenue.

sábado, 29 de agosto de 2026

María Rosa Oliver: la fe en el viaje





La historiadora argentina Adriana Petra, estudiosa de las tradiciones intelectuales de izquierda en su país, ha compilado, para el Fondo de Cultura Económica de Buenos Aires, una antología de textos de la escritora María Rosa Oliver (1898-1977). El título No soy turista (2026) es toda una declaración de principios que habría que entender con la afirmación que le sigue: soy una viajera. 

 Son realmente asombrosos los itinerarios de Oliver, fundadora, junto con Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, de la mítica revista Sur en 1931. Más asombrosos si se recuerda la atrofia que le dejó como secuela una poliomelitis infantil. La escritora recorrió las principales capitales europeas (París, Berlín, Viena, Madrid…), la Unión Soviética, China e India, entre 1952 y 1954, y gran parte del continente americano, entre Estados Unidos y Chile. 

 La literatura de Oliver era, como diría Carlos Monsiváis, “esencialmente viajera”. No habría que esperar otro tipo de prosa de una autora cuyo primer libro se tituló Geografía argentina (1939), un manual de enseñanza para niños. Pero sería equivocado limitar su obra al género de “literatura de viajes”. Como muestra esta antología de Petra, lo que sucede con Oliver es que otras formas de escritura, como la crítica, el ensayo o la carta, reproducían el estilo viajero. 

 Muy amiga de Alfonso Reyes, desde los años de la fundación de Sur, cuando el mexicano fue embajador en Argentina y Brasil, Oliver visitó México en 1944 y 1946. De este país dijo que “era el más misterioso de cuantos había conocido”. Recuerda que la llevaron al Desierto de los Leones, donde no vio “ni uno solo embalsamado”. Y recuerda también sus encuentros con Orozco, Rivera y Cantinflas y sus visitas a Morelia, a Pátzcuaro y a Puebla, donde la gente se pasea entre iglesias y habla como entre murmullos y silencios. 

 Oliver contaba sus viajes en cartas a sus amigas. Por ejemplo, a Gabriela Mistral, en 1947, le narró sus impresiones de México y los contrastes que veía a su paso por Guatemala y Bolivia. Sobre La Paz, dice que tuvo las sensación de llegar a otro planeta: “qué aridez tan linda y cuánto color en esa piedra desnuda ¡Qué bondadosa y sencilla su gente culta y qué serio y trabajador su pueblo indio”. 

 Escribía Oliver, en 1944, que los latinoamericanos de su generación habían sustituido el “viajar por Europa” con el “viajar por América”. En Río de Janeiro y Sao Paulo, en Santiago, Lima o Bogotá, la escritora se encontraba con una tribu de vecinos, muy próximos entre sí, pero también muy distintos e incomunicados. Estados Unidos y específicamente Nueva York eran estaciones obligadas de dichas trayectorias. 

 Después de respaldar a los republicanos españoles en la Guerra Civil peninsular, en los 30, y de simpatizar con el giro roosveltiano de las relaciones interamericanas, en los 40, Oliver se involucró en las redes del Consejo Mundial por la Paz y los congresos que realizó en Viena, Helsinki y Ceilán. A diferencia de Reyes y Mistral y de sus amigos de Sur, que giraban más en la órbita del Congreso por la Libertad de la Cultura, ella se aproximó al polo izquierdo de la Guerra Fría. 

 No fue raro, entonces, que María Rosa Oliver apareciera, en 1964, en La Habana, como jurado del Premio Casa de las Américas. En aquella visita se entrevistó con el Che Guevara, cuyos Pasajes de la guerra revolucionaria se le parecieron, estilísticamente, a Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla, el escritor y político argentino del siglo XIX. 

 Con Guevara, Oliver habló de Baudelaire y de Marx, de la proliferación de guerrillas en América Latina, que ella no creía generalizable, y de cine. La argentina, gran conocedora de cinematografía europea y estadounidense, no ocultó su desilusión cuando Guevara le dijo que prefería los westerns a Viridiana de Luis Buñuel. Sintió alivio, eso sí, cuando Guevara le dijo que se oponía a la censura en la isla.

jueves, 27 de agosto de 2026

Vaciar un continente




Paulo Antonio Paranaguá es un historiador y periodista brasileño que, durante la dictadura militar en su país, se exilió en Barcelona y luego en París. En esta ciudad se ha dedicado a estudiar y a escribir sobre la historia del cine latinoamericano y ha trabajado, también, como corresponsal y articulista de temas latinoamericanos para el periódico Le Monde

 El último libro de Paranaguá es una historia de América Latina a través de cien fotografías. Dado que el arte fotográfico es un medio de expresión de la modernidad, por sus orígenes y su trayectoria desde fines del siglo XIX, esta Historia de América Latina en 100 fotografías (Río de Janeiro, Bazar do Tempo, 2025), resulta un libro que recopila imágenes de más de un siglo, pero que documenta una experiencia milenaria. 

 Las primeras fotos que glosa Paranaguá son de sitios arqueológicos como los de Machu Picchu en Perú, Tikal en Yucatán y La Venta, en Villahermosa, Tabasco. Las fotos de Teobert Maler, Martin Chambi y Richard Hewitt Stewart nos presentan cabezas olmecas, ruinas en estado silvestre y una vista privilegiada de la ciudadela inca. Aquellas fotos, tomadas en las décadas fundacionales del género, pusieron a circular globalmente una visión de las grandes civilizaciones originarias. 

 Luego el libro se mueve al largo periodo colonial de México, Suramérica y el Caribe, pero al igual que en el periodo anterior a las conquistas, son pocas las fotos comentadas. Apenas una fachada de la catedral boliviana de Concepción, en Chiquitanía, Santa Cruz, u otra, muy conocida, de un soldado insurrecto del ejército mambí, en la última guerra de independencia de Cuba, ilustran la fase colonial. El último tramo del siglo XIX, sin embargo, capta con precisión el momento de las guerras civiles y las repúblicas de orden y progreso en la región. 

Vemos desfilar retratos de Benito Juárez, Porfirio Díaz, Rubén Darío y del gaucho “Martín Fierro”, que Francisco Ayerza propuso para la primera edición del poema narrativo de José Hernández, pero también esclavos negros en Bahía, indígenas onas, de la Tierra del Fuego, llevados como objetos de museo a la Exposición Universal de París en 1889, y cadáveres de soldados bolivianos, siendo enterrados por oficiales chilenos, en la Guerra del Pacífico. 

 El con razón llamado “siglo de la fotografía”, ocupa el centro del libro de Paranaguá. Unas 70 fotos, de las 100 escogidas, refieren los principales acontecimientos que moldearon la historia de la región en la pasada centuria: las intervenciones militares de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe, el emporio de la United Fruit Company, la Revolución Mexicana, el peronismo y el varguismo, la Guerra Fría, las dictaduras militares, las guerrillas, las transiciones democráticas, el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela y la elección del papa Francisco. 

 La cultura latinoamericana de fines del siglo XX, que Paranaguá ha estudiado a lo largo de su carrera intelectual y periodística en París, se hace presente en el volumen por medio de retratos de músicos populares como Dámaso Pérez Prado, actrices como María Félix, artistas como Frida Kahlo y Wifredo Lam y escritores como Pablo Neruda, Octavio Paz y Gabriel García Márquez. El cine, interés especial de Paranaguá, aparece por medio de un close up impactante de Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, captado para la publicidad por Luis Márquez Romay. 

 La nómina de fotógrafos elegidos demuestra el tino y el equilibrio con que Paranaguá ha diseñado esta historia de América Latina en imágenes. Eran ineludibles los grandes fotógrafos estadounidenses que pusieron el lente en la región, como Jack Delano y Walker Evans. Pero el grueso del volumen funciona como antología de clásicos de la fotografía latinoamericana: los mexicanos Agustín Casasola, Manuel y Lola Álvarez Bravo, los argentinos Pinélides Fusco y Adriana Lestido o los cubanos Alberto Korda y Chinolope.

lunes, 24 de agosto de 2026

Monsiváis antes de Monsiváis




Las memorias precoces de Carlos Monsiváis, escritas por encargo de Emmanuel Carballo hace sesenta años, y rescatadas ahora por la editorial Siglo XXI, están firmadas en octubre de 1966. En aquel mismo año, Monsiváis trabajó en su antología La poesía mexicana del siglo XX (Empresas Editoriales, 1966), por lo que la autobiografía que ahora aparece con el título El intelectual público fue, de hecho, su primer libro. 

 Es raro que el primer libro sea una autobiografía, aunque no pocas escuelas, clubes o partidos exigieran ejercicios similares para pasar de grado o ser admitido como miembro o militante. Lo cierto es que el Monsiváis que se lee en estas memorias es claramente el mismo autor que leeremos después en Principados y potestades (1969) y Días de guardar (1970): la misma ironía, el mismo desparpajo controlado, la misma mezcla de epigramas, frases en inglés y francés y oraciones interminables. 

 El texto es una carta de presentación en toda regla, que arranca así: “desde el principio, la pequeña burguesía me acogió en su seno”. A esta declaración de pertenencia de clase, sigue otra de fe: el traslado de su familia desde la Merced hasta la Colonia Portales, por la Calzada de Tlalpan, como se si tratase de un éxodo de Egipto a Canáan o una “diáspora”, como la de los personajes de Las viñas de la ira de John Steinbeck o de la versión fílmica de John Ford. 

 “Las razones migratorias de ese éxodo atroz de los 40”, agrega, “fueron religiosas”. Su familia era “esencial, total y férvidamente protestante” y su templo estaba en la Portales. El joven Monsiváis confiesa que su vida de lector comenzó con la traducción de la Biblia de los conversos españoles del siglo XVI, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. 

De los clásicos protestantes, pasaría, muy pronto, a “Homero y Virgilio, las divulgaciones freudianas de Gómez Nerea, a Jane Austen, a las novelas de Martín Luis Guzmán y Rómulo Gallegos, los folletones de Eugene Sue y Vicente Riva Palacio, las biografías de Ludwig y Zweig y Los Sertones de Euclides da Cunha”. 

 Lo que no cuenta Monsiváis, pero sí Elena Poniatowska y Rubén Sánchez Monsiváis, en sus prólogos, es que a través de los cánticos del templo protestante de la Portales, el escritor desarrolló buena voz y entonación, que rápidamente trasladó a su afición por las cantantes de jazz, Ella Fitzgerald, Billie Holliday, Sarah Vaughan, las del bolero, Olga Guillot, Toña la Negra, María Luisa Landín y, por supuesto, las de rancheras como Chavela Vargas. 

 La política ingresa en la formación intelectual de Monsiváis en los años 50 por dos vías, que no se destacan lo suficiente en aquella generación: el juarismo y el henriquismo. Dice el escritor que, de joven, “su protestantismo duplicaba su juarismo”, o viceversa, y cuenta al detalle cómo, a través de un tío suyo, se involucró en la campaña presidencial de Miguel Henríquez Guzmán en 1951. 

 El henriquismo conectó al joven Monsiváis con el cardenismo y con viejos líderes revolucionarios como Francisco J. Mújica y Genovevo de la O. La derrota y la represión en 1952 fueron su iniciación en el desencanto con el autoritarismo priista. Luego menciona el movimiento del magisterio encabezado por Othón Salazar en 1958, a Demetrio Vallejo y la huelga ferrocarrilera en 1959 y el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962 como los tres fenómenos que lo convencieron de que la “política oposicionista era su obsesión, su sentido vital, su perspectiva única”. 

 Las memorias juveniles de Monsiváis exhiben su anglofilia, su pasión por Nueva York y Londres, ciudades que conoció bien, y su cinemanía. Rinde honores, sí, a sus maestros (Reyes, Novo, Cuesta, Paz…) y agradece la compañía de sus amigos (Fuentes, Pacheco, Pitol, García Terrés, Rojo…). Pero cierra el texto con el enigmático desplante de “no admiro a mi generación: la veo demasiada uncida al régimen imperante, la veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar”.

jueves, 16 de julio de 2026

Barrocos y neoclásicos, oficiales y disidentes en la poesía novohispana



Uno de los últimos títulos de la valiosa colección de Historias Mínimas de El Colegio de México es la dedicada a la poesía novohispana, escrita por Martha Lilia Tenorio, profesora de esa institución. La académica introduce desde las primeras páginas la denominación de “poesía oficial o comprometida” para referirse a la escrita con motivo de los actos oficiales de la monarquía católica en la Nueva España. Los términos suenan muy contemporáneos, pero tienen sentido en el libro de Tenorio. 

 Por ejemplo, a la muerte del emperador Carlos V en 1558, el virrey Luis de Velasco organizó conmemoraciones, luego recogidas en el Túmulo imperial de la gran ciudad de México (1560) de Francisco Cervantes de Salazar. Dentro de la obra aparecían poemas, como los de Cristóbal Cabrera, que escenificaban un diálogo imaginario entre España y la Muerte, en el que la segunda intenta convencer a la primera de que el deceso del emperador no era más que un trámite para hacerlo inmortal. Esa poesía, que exaltaba las glorias de los reyes de España y los virreyes de Nueva España, es la que Tenorio llama oficial. 

 En el siglo XVII, Tenorio encuentra algo parecido durante los festejos por el centenario de la conquista de México en 1621. Los virreyes Diego Fernández de Córdoba y Juan Paz de Vallecillo estuvieron involucrados en el diseño y ejecución de aquellas fiestas. Los poemas de Arias de Villalobos en Obediencia que México dio a don Felipe de Austria (1623) eran imitaciones barrocas de Luis de Góngora, en las que se rendía culto a San Hipólito, por las fiestas patronales de ese año, se lamentaba la muerte Felipe III, se juraba nueva lealtad a Felipe IV y se rememoraba la hazaña de Hernán Cortés. 

 Cuando en 1982 apareció el brillante ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre las tantas polémicas que lo acompañaron, estuvo la de si el poeta mexicano exageraba la analogía entre el régimen novohispano y las dictaduras totalitarias del siglo XX y si, en consecuencia, la monja novohispana había sido una disidente y una feminista avant la lettre. Tenorio sigue más a Antonio Alatorre que a Octavio Paz en su lectura de Sor Juana, pero coincide en que la poética sorjuanina quiebra los moldes del barroco oficial e imitativo de las generaciones anteriores. 

 Aunque haya escrito poemas a virreyes y arzobispos, la poesía de Sor Juana trascendía el barroco del Siglo de Oro peninsular por composición estilística, apertura intelectual y libertad moral. En los círculos eclesiásticos y letrados de la Nueva España, Sor Juana representaba un desafío a la poesía oficial, muy distinto al de la lírica popular y anónima, las sátiras blasfemas o las llamadas “coplas de negros”, pero un desafío al fin. 

 Hacia el final de su libro, Tenorio presenta otra fisura a través de la poesía de los últimos años del virreinato, en la que destacaron Anastasio de Ochoa y Acuña y Francisco Manuel Sánchez de Tagle, entre otros. Aunque literariamente mejor formados, poetas previos, como Manuel Martínez de Navarrete o José Manuel Sartorio, agrupados en la Arcadia Mexicana y el Diario de México, habían desembocado en un neoclasicismo oficial, que llegó a ser, en algunos casos, fernandista y hasta contrainsurgente al inicio de la guerra de independencia. 

 En Ochoa, Lizardi y el injustamente olvidado Sánchez de Tagle, en cambio, encuentra Tenorio indicios de romanticismo que, en el plano de las ideas políticas, se mezclan con una transición al republicanismo católico. Dice Tenorio que Sánchez de Tagle era un “autor más bien mediano, pero con oficio”. Seguramente tiene razón, pero el michoacano llegó a escribir poemas como el titulado “A la luna en tiempos de discordias civiles”, donde se leen estos versos tan actuales: “no habrá mérito ya, virtud segura;/ todo se ataca, todo se atropella/ con mano y lengua impura:/ imprudente maldad todo lo huella”.

martes, 14 de julio de 2026

Carlo Ginzburg: la historia en la sangre




Su padre, Leone Ginzburg, fue un judío ucraniano que emigró a Italia y se dedicó a estudiar, enseñar y traducir la literatura rusa en Turín. Fundó con Giulio Einaudi y Cesare Pavese la editorial Einaudi y se involucró en la clandestinidad antifascista contra el régimen de Benito Mussolini. En 1943 fue arrestado por la Gestapo en Roma, torturado y luego asesinado en la siniestra cárcel de Regina Coeli, en el barrio de Trastevere. 

 Su madre, Natalia Ginzburg, fue una de las grandes escritoras italianas de todos los tiempos. Autora aclamada de Nuestros ayeres (1952) y Léxico familiar (1963), que dan vida desde la memoria a aquel pasado trágico, fue también la pensadora sutil de Las pequeñas virtudes (1966), textos en los que condensó sus ideas sobre la educación y la familia, la libertad y la cultura. 

 Él, Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, en cuya universidad enseñaba desde hace más de cuarenta años, se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI. 

 Ginzburg comenzó a ser conocido fuera de Italia después de la publicación y traducción de su brillante estudio El queso y los gusanos (1976), que editó Einaudi. El libro reconstruía, a través de un expediente inquisitorial, la cosmovisión de Menocchio, un humilde molinero del Véneto, a fines del siglo XVI, que cuestionaba la idea del Purgatorio, la inmaculada concepción de María, la santísima Trinidad, la autoridad papal y los privilegios del clero. 

Al tribunal del Santo Oficio sonaron luteranas o calvinistas las ideas de Menocchio, pero lo que más lo escandalizó fue su personal versión del Génesis. Según el molinero, una masa amorfa de tierra, agua, fuego y aire había generado, como la leche el queso, un enjambre de gusanos: los ángeles. Dios era uno de aquellos ángeles, por lo que era creador y criatura al mismo tiempo, junto con las plantas, los animales, los monstruos, Lucifer y los arcángeles, a quienes puso bajo sus órdenes. 

Menocchio fue quemado en la hoguera en 1599 por hereje, y Carlo Ginzburg, el historiador que rescató a aquel personaje real de la Edad Media, sería cuestionado a fines del siglo pasado por viejas corrientes historiográficas, deudoras del positivismo, el marxismo-leninismo, el estructuralismo y otros enfoques. Se le reprochó a Ginzburg dar como fuentes válidas los documentos de la Inquisición y hablar de una “cosmogonía personal”, cuando se trataba de creencias colectivas. 

Aquellas polémicas fueron perfilando en Ginzburg una idea de la historia que nadó a contracorriente, hasta alcanzar una amplia referencialidad. Desde el punto de vista teórico, el aporte del historiador italiano sería fundamental: propuso no pensar los rastros del pasado como pruebas o evidencias de hechos rotundos sino como huellas o indicios de fenómenos, muchas veces, con desenlaces imprecisos. 

En libros posteriores como El juez y el historiador (1993), sobre el caso de Adriano Sofri, militante y periodista italiano, condenado a prisión por terrorismo y asesinato, Ginzburg desarrolló más la diferencia entre historia y derecho. La confusión entre estas formas del saber, tan común en las apelaciones al “tribunal de la historia” o en las demandas de paredón por vía académica, según el historiador, tiene como sustrato el dogma positivista de los hechos duros. 

En otro libro suyo, El hilo y las huellas (2010), editado por el Fondo de Cultura Económica, se argumenta a favor del diálogo entre historia y literatura, verosimilitud y ficción, justo en el momento de arranque de las nuevas tecnologías de la postverdad. Hoy, redes y medios se saturan de auténticas patrañas, revestidas del mismo viejo positivismo, que refutaba con tanta elocuencia Carlo Ginzburg, un académico que llevaba la historia en la sangre.