Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

martes, 3 de marzo de 2026

Un americano contra la guerra del 47





El pasado 2 de febrero el portal de la Casa Blanca reprodujo un mensaje del presidente de Estados Unidos en el que, orgullosamente, se conmemora el 180 aniversario del invasión de Estados Unidos contra México en 1846. Luego de dos años de guerra, aquel conflicto culminó con la conquista por Estados Unidos de más de la mitad del territorio de la naciente República mexicana. 

 En un gesto inusual por parte de un presidente, que encabeza el gobierno de un país, ligado a México y Canadá por un Tratado de Libre Comercio que ahora mismo se está renegociando, Trump reivindicó la doctrina del “Destino Manifiesto”, formulada por el periodista e ideólogo expansionista John L. O’Sullivan para legitimar la acción armada contra su vecino del sur. 

 Trump es el primer presidente en más de un siglo, tal vez desde Teddy Roosevelt, que reclama para sí la distorsión que la doctrina del Destino Manifiesto de 1846 hizo de la Doctrina Monroe de 1823. Fue entonces que, por primera vez, la frase de “América para los americanos” adquirió el sentido de “América para los estadounidenses”, que tanto aquel Roosevelt como este Trump le adjudican. 

 Naturalmente, en su mensaje del 2 de febrero, Trump sostuvo que su actual política de contención migratoria y de acuerdos de seguridad con gobiernos de la nueva derecha latinoamericana, como los de Argentina, Ecuador y El Salvador, y su recuperación del control del canal de Panamá, a costa de China, se inscriben en la nueva versión de esa misma política, que llama “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”, más conocida como Donroe Doctrine. 

 Se ha recordado en estos días que la mayoría de los presidentes de Estados Unidos en el siglo XX y todos los del siglo XXI, menos Trump, no acostumbraban a hablar con orgullo de aquella guerra de conquista. Entre George H. Bush y Joe Biden con menos razón, ya que todos aquellos presidentes promovieron una vecindad amistosa con México, como consecuencia de la aprobación del Tratado de Libre Comercio en 1992. 

 También se ha recordado que, en su momento, la guerra de 1847 fue objetada por brillantes políticos de Estados Unidos, que se oponían al expansionismo y a la militarización de la sociedad norteamericana. Entre aquellos opositores a la guerra estuvieron el Secretario de Estado, Henry Clay, el senador Thomas Corwin y el representante Abraham Lincoln, futuro presidente de Estados Unidos. 

 También se opuso a la guerra, con una elocuencia fuera de lo común, el filósofo, pedagogo y naturalista Henry David Thoreau, compañero de Ralph Waldo Emerson en el grupo intelectual de Concord, Massachusetts. Thoreau vivía en su cabaña de Walden Pond, cuando en 1846 fue arrestado por negarse a pagar impuestos durante seis años. Luego de su liberación, dio una conferencia en el Liceo de Concord en la que reconstruyó su experiencia en la cárcel y su negativa a contribuir fiscalmente al Estado, por ser éste responsable de dos injusticias a las que se oponía firmemente: la esclavitud y la guerra contra México. 

 Aquella conferencia daría lugar al ensayo Desobediencia civil (1849), uno de los textos clásicos del pensamiento político estadounidense. Ahí sostenía Thoreau que la guerra del 47 era una “perversión” y un “abuso” de la voluntad del pueblo estadounidense, provocados por un grupo de individuos que habían hecho del gobierno su “instrumento”. La colonización, la guerra y la esclavitud, según Thoreau, estaban entrelazadas porque la expansión territorial más allá de las fronteras mexicanas buscaba aumentar los estados esclavistas. 

 Thoreau y sus dos amigos de Concord, Emerson y Alcott, tuvieron la visión de advertir en aquel expansionismo esclavista el origen de la discordia en la república estadounidense, que conduciría pocos años después a la guerra civil. Con su expansionismo arcaico, Trump está alimentando las semillas de aquella discordia, que produjo una lucha fratricida entre 1861 y 1865.

viernes, 6 de febrero de 2026

Celia Cruz: el desagravio postergado







Hace cien años nació en La Habana Celia Cruz. Dotada de una voz de amplio registro y gran capacidad rítmica, que alternaba con destreza entre la rumba y la guaracha, el bolero y el son, el mambo y el chachachá, la artista habanera dejó la carrera de magisterio por la música profesional. 

Con poco más de veinte años ya había debutado en Las Mulatas de Fuego y había viajado a Venezuela y a México. En Salón México (1948), la película de Emilio (El Indio) Fernández, aparece una jovencísima Celia Cruz, coreando y bailando una rumba. 

Como principal vocalista de la Sonora Matancera, a partir de 1950, viajaría muchas veces a México en aquella década y se consolidaría como uno de los íconos de la nueva música popular cubana, junto a Dámaso Pérez Prado, Benny Moré, Rita Montaner, Bola de Nieve o el trío Matamoros.

 Rosa Marquetti Torres, musicóloga cubana, ha contado como nadie el dilema que planteó la Revolución a la Sonora Matancera y otras orquestas cubanas. Su libro Celia en Cuba (Planeta, 2022) llega hasta el momento en que la cantante decide establecerse fuera de la isla, por diferencias con la forma de organización política y cultural adoptada a principios de los años 60. 

 Hasta 1965, Celia trabajó con la Sonora Matancera, dirigida por Rogelio Martínez. En aquella orquesta haría inmortales temas como “Burundanga”, “Yo no soy guarapo”, “La sopa en botella”, “El Yerberito” y otros éxitos. A partir de ese año iniciaría su carrera de solista, aunque siempre colaborando con algunos de los mayores músicos de salsa en Nueva York como Tito Puente, Johnny Pacheco y Fania All Stars, donde compartiría escenario con Willie Colón, Héctor Lavoe, Rubén Blades, Cheo Feliciano e Ismael Rivera, entre otros. 

 El itinerario musical de Celia Cruz la llevó de la rumba y el son de La Habana en los años 40 a la salsa de Nueva York en los 70 y 80. El productor Jerry Massuchi sería fundamental en aquel largo tramo de la carrera de la sonera cubana. A la muerte de Massuchi en 1997, sobrevino la última reinvención de Celia, que logró con creces, como atestiguan sus últimas producciones: "La vida es un carnaval" (1998), "La negra tiene tumbao" (2003) y el póstumo "Regalo del alma" (2004), que ganó su tercer premio Grammy. 

 Como tantos otros artistas exiliados, Celia Cruz fue censurada y desautorizada en la isla. A su muerte en 2003, cuando se cumplían cuarenta años de su salida de Cuba, el periódico Granma dio la noticia, agregándole este comentario: “durante las últimas cuatro décadas se mantuvo siempre sistemáticamente activa en las campañas contra la Revolución Cubana generadas desde Estados Unidos”. En el editorial, Celia no aparecía como una música cubana sino como una “intérprete que popularizó la música de nuestro país en Estados Unidos”. 

  Su música, según Granma, no era suya. Tampoco eran suyas las ideas políticas que la llevaron al exilio. Granma no sólo postergaba el desagravio sino que reducía a Celia, que era pura autenticidad, a un ícono falso. Al cumplirse este centenario, el grupo teatral El Público, que dirige Carlos Díaz en La Habana, intentó rendir homenaje a la cantante cubana en La Fábrica de Arte.

 Con textos del poeta y dramaturgo Norge Espinosa, la puesta en escena fue pensada como uno de los primeros desagravios públicos a Celia Cruz en la isla. Lamentablemente, el aparato ideológico y la burocracia cultural se propusieron impedir el homenaje y lo lograron, por medio de censuras, presiones y chantajes contra el grupo teatral y contra La Fábrica de Arte.

viernes, 2 de enero de 2026

Eric y Marlene



Marlene Schwarz nació en Viena en 1932, en una familia judía austríaca, un año antes del ascenso de Hitler al poder en Alemania. Su padre, Theodore Schwarz, era uno de aquellos pocos vieneses que daba crédito a todo lo que Hitler decía en sus discursos, que muchos de sus amigos consideraban meros exabruptos propagandísticos. 

 Los Schwarz se exiliaron en Londres poco después de la instalación del régimen nazi en Alemania y antes de la anexión de Austria en 1938. A la ilusión de aquella escapatoria siguió la dura realidad de un exilio en un país que, bajo el liderazgo del primer ministro Neville Chamberlain, experimentaba una mezcla de antisemitismo y anticomunismo, recelos por el ascenso de la hegemonía de Estados Unidos y simpatía por Hitler. 

 La familia se mudó a Manchester, donde estudió Marlene, en los años de apogeo del antifascismo británico. Winston Churchill se convertiría en el héroe de Theo Schwarz, el padre, mientras Marlene, ya con inclinaciones izquierdistas, admiraría la política de su sucesor, Clement Attlee, de alianza con los soviéticos y respaldo a los primeros avances de la descolonización. 

 A principios de los 60, cuando Marlene trabajaba como productora musical y traductora en la CBC y la BBC, conoció a un joven historiador llamado Eric Hobsbawm, cuya familia también había huido de Austria y Alemania a Gran Bretaña, después de 1933. Para entonces, aquel joven historiador marxista se había distanciado del Partido Comunista británico, por su apoyo a la invasión soviética de Hungría en 1956, pero mantenía su militancia socialista y había escrito dos libros pioneros: The Jazz Scene (1959) y Los rebeldes primitivos (1960). 

 Mucho tenían en común Marlene y Eric: el antifascismo, el izquierdismo y la pasión por la música. Durante su noviazgo fueron lo mismo al Royal Albert Hall a escuchar conciertos de Bach que al Royal Festival Hall a ver a George Shearing y su quinteto de jazz. La boda y la luna de miel de los Hobsbawm tuvieron lugar en los días de la Crisis de los Misiles en el Caribe, en octubre de 1962. 

 A fines de aquel mes, Hobsbawm tenía previsto un viaje a Buenos Aires, para asistir a una conferencia académica. Al despedirse, el historiador dijo a su esposa con una tranquilidad pasmosa: “si las cosas salen mal y la guerra efectivamente estalla, compra un pasaje solo de ida a la Argentina. Hay dinero suficiente en el banco, entonces encontrémonos en Buenos Aires”. 

 La frase ha sido utilizada por Marlene Hobsbawm para dar título a las memorias Encontrémonos en Buenos Aires, que acaba de publicar la editorial Siglo XXI en Argentina. Muchos eventos y situaciones narrados por Marlene en su libro, ya habían sido relatados por Eric en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX, que publicó Crítica, en Barcelona, en 2003. 

 Ambos libros recrean las mismas escenas de la historia global: el ascenso de los totalitarismos, el exterminio masivo, la caída de los fascismos, la Guerra Fría, la descolonización del Tercer Mundo, la revolución cultural de los 60, el eurocomunismo, la crisis del socialismo real, el desplome del Muro de Berlín y la expansión neoliberal de fines del siglo XX. Sin embargo, la mirada y, por tanto, los detalles con que se dibujan esas escenas son muy distintos. 

Marlene, por ejemplo, se detiene en todo el despliegue de vigilancia y persecución de la vida de Hobsbawm que agenciaron los servicios secretos británicos y estadounidenses. Eric, por su lado, daba una importancia obsesiva a sus diferencias y acuerdos con el comunismo británico. Ambos libros exponen muy bien las fronteras entre historia y memoria o entre reconstrucción y evocación. 

El historiador narraba su vida como si formase parte de un pasado a reconstruir. Marlene, en cambio, cuenta la historia de la pareja y su familia como si el centro de la trama fuese ese microcosmos afectivo y no el mundo agitado y tormentoso del más bien largo siglo XX.