Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

viernes, 26 de junio de 2026

Rosas y otros Cincinatos hispanoamericanos




La historiadora argentina Marcela Ternavasio, autora de libros imprescindibles sobre la revolución de independencia en el Río de la Plata y los dilemas del orden político en la primera mitad del siglo XIX en Argentina e Hispanoamérica, ha publicado un nuevo estudio sobre Juan Manuel de Rosas, el gran caudillo bonaerense, que moldeó el arranque de aquella república. 

 El libro se titula Juan Manuel de Rosas. Retrato de un líder polarizador en los orígenes de la república y lo edita Siglo XXI en Buenos Aires, la misma casa que ha publicado otros títulos fundamentales de Ternavasio como Gobernar la revolución (2007) y Los juegos de la política (2021). El significado del subtítulo, “retrato de un líder polarizador”, podría prestarse a algún equívoco si no se lee con atención el volumen. 

 El libro es más que un retrato de Rosas o un ensayo biográfico sobre quien, según él mismo, “gobernó Argentina por treinta años”. La interpretación de la historiadora va más allá de la figura de Rosas, sus ideas, sus motivos o sus decisiones, no sólo porque perfila también a otros de sus contemporáneos, rivales o interlocutores, como Juan Lavalle, Facundo Quiroga o Justo José de Urquiza, sino porque ofrece un marco analítico abarcador del primer régimen republicano argentino. 

 La historiadora repasa la historiografía sobre Rosas y se detiene en las contribuciones de Raúl Fradkin y Jorge Gelman, que hablaron de un “sistema rosista”, de Roy Hora, que ha insistido en leer al caudillo no como líder emblemático de una sociedad sino como actor político, de Andrea Reguera, quien puso énfasis en las redes interpersonales de Rosas, y de Jorge Myers, autor de un estudio clásico sobre el republicanismo en las primeras décadas del Río de la Plata postcolonial. 

 El libro de Ternavasio explora cómo la renuncia a cargos formales en el ejército, la administración regional y a la propia jefatura del Estado se convirtieron en mecanismos de autorización del poder de Rosas. El caudillo cultivaba una imagen de hombre de campo o estanciero, mientras se adueñaba del poder político de la Confederación argentina desde el gobierno de Buenos Aires.  La figura romana de Cincinato, que en Estados Unidos se asoció a George Washington y simbolizaba el ejercicio del poder, no por voluntad propia, sino por el bien de la patria en peligro, fue apropiada por el rosismo. 

 En México, en las mismas décadas, a Antonio López de Santa Anna se le representó como un Cincinato mexicano. Cuando la escocesa Madame Calderón de la Barca y su esposo, el ministro de España, llegaron a Veracruz y visitaron a Santa Anna en su hacienda Manga de Clavo, en 1839, esa fue la imagen que el caudillo xalapeño trasmitió a la pareja. En su libro La vida en México (1843), la escritora aludió textualmente a Santa Anna como el Cincinato de México. 

 Aquella aureola de humildad popular fue la fachada de una triple conquista operada por Rosas: la de las comunidades de ranqueles y pampeanos del llamado “Desierto” argentino, la de la opinión pública y la de la sociabilidad cotidiana. El “Restaurador de las Leyes”, a quien se adjudicaba el regreso del orden y la estabilidad en la provincia de Buenos Aires, creó una red de colaboradores leales, dentro y fuera del país suramericano, que apuntalaron su rol de líder insustituible. 

 El Rosas de Ternavasio tiene una factura brillante y circular: empieza como concluye y termina como inicia. Un Rosas exiliado, anciano, en Southampton, corrige por enésima vez su testamento y no puede evitar regresar a sus impulsos de siempre. Derrotado en Caseros, veinte años atrás, por Urquiza, quien le envía mil libras esterlinas anuales, vuelve a presentarse como un humilde granjero, carente de ambiciones, pero reivindica su prolongado mandato y refuta puntualmente a cada uno de sus críticos. Sólo pide una cosa: que sus restos sean repatriados, cuando en su patria “se le reconozca”.
 
  Fue el peronismo de derechas el que más avanzó en el proyecto de repatriación de los restos de Rosas. El presidente Carlos Saúl Menem logró que los huesos de Rosas fueran trasladados a Francia, para luego ser enviados a Argentina, donde serían enterrados en la Catedral de Buenos Aires, junto a los de San Martín. El proyecto se frustró por regulaciones del Vaticano sobre el enterramiento en catedrales, pero Menem logró que la osamenta de El Restaurador fuese enviada de Francia a Argentina y enterrada con honores en Rosario en 1989, en el panteón familiar.

viernes, 12 de junio de 2026

La profecía cubana de John Womack






En la página final de sus Cuadernos para la historia Cuba (ITAM/ Fundación Ortega-Marañón, 2025), John Womack cierra el volumen con estas palabras: “Imaginar que Cuba, tal como está organizada ahora, se derrumbará como Alemania del Este es, creo, una ilusión. Conquistarla es posible, pero sería tremendamente costoso en sangre y dinero. Negociar, en abstracto, es lo más razonable, pero hasta ahora ha sido imposible incluso acordar los términos de la negociación, ya que Estados Unidos insiste en su definición y Cuba insiste en su independencia absoluta”. 

 Estas palabras fueron escritas, como recuerda Womack en el Prefacio, entre 1994 y 1999. En aquellos años gobernaba Estados Unidos el demócrata Bill Clinton, un presidente que abrió una interlocución tímida e indirecta con La Habana, antes de 1996, cuando regía la Ley Torricelli, cuyo “segundo carril” mostraba alguna voluntad negociadora. Después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, por el que hoy se está imputando a Raúl Castro en Estados Unidos, Clinton, que había expresado el deseo de vetar una nueva ley que reforzó el embargo comercial contra la isla, la Helms-Burton, firmó esta enmienda y la relación bilateral se complicó al final de su mandato. 

 Cuando Womack hizo las últimas revisiones de aquellos cuadernos, a fines de la década, las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban por entrar en uno de sus momentos de más frenética confrontación, con el caso del niño balsero Elián González. El texto del historiador de Harvard no refleja tanto la rispidez de los años finales de la administración Clinton y, sobre todo, los primeros de la de George W. Bush, como la atmósfera menos tensa de la primera mitad de los 90. Resulta revelador el pasaje, no sólo por el realismo con que Womack observaba entonces las pocas posibilidades de un cambio de régimen en Cuba. 

  No compartía el historiador el predominante entusiasmo que entonces suscitaba la idea de que se produciría un desplome del socialismo real en la isla, como el que experimentaban los regímenes de Europa del Este. Aquel pesimismo era, sin dudas, visionario, a la luz de la historia de Cuba en el tránsito del siglo XX al XXI. Pero más premonitorio resultaba que contemplara la posibilidad de una negociación entre Estados Unidos y Cuba. 

  En aquellos años, en que Fidel Castro gozaba de un renovado reconocimiento en América Latina, gracias, en buena medida, a líderes decididos a incluir a Cuba en foros iberoamericanos como Felipe González, Carlos Andrés Pérez o Carlos Salinas de Gortari, eran muy pocos los que creían en la posibilidad de un entendimiento entre Castro y Clinton. 

 Muy probablemente, cuando escribió aquel pasaje, Womack estaba al tanto del intento de mediación entre Estados Unidos y Cuba, que hizo Carlos Salinas de Gortari, con ayuda de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Y seguramente, la interpretación Womack sobre el por qué fracasaron aquellas negociaciones, luego de la Ley Helms-Burton -aunque por el camino lograron el acuerdo migratorio de 1994, tras la “Crisis de los Balseros”- tuvo que ver con su lectura del reforzamiento legislativo del embargo comercial estadounidense. 

 Cuando Womack se refería a la posibilidad de una “conquista” de Cuba tal vez estuviera pensando en los impactos de la presión comercial intensificada en la Ley Helms-Burton o, de hecho, en una intervención militar. Cualquiera de esos dos escenarios se derivaban de la frase del historiador de que Estados Unidos persistía en su “definición” de Cuba como un régimen comunista, enemigo de Washington. 

 En lo único en lo que, quizá, el pronóstico de Womack erró fue en la idea de que la apuesta de Cuba era por una “independencia absoluta”. La historia tanto de la dependencia de La Habana de la Venezuela chavista como de la propia negociación entre Raúl Castro y Barack Obama, entre 2013 y 2016, prueba que Cuba sí cedió en su soberanía.