
“Censor”, “mutilador”, “adulterador de clásicos”, es lo menos que los muchos fans que, a un siglo de su muerte, todavía tiene el escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910), han dicho a Alan Gribben, profesor de Auburn University at Montgomery , en Alabama, quien estuvo a cargo de la reedición de Las aventuras de Huckleberry Finn que hizo New South Books.
Gribben, pensando en los lectores infantiles y juveniles de Twain, en el Sur de Estados Unidos a principios del siglo XXI, decidió aplicar la corrección política al texto y cambió vocablos como nigger por slave, injun Joe por indio Joe o “half breed” por “half blood”. La palabra “nigger” aparece 219 veces en el texto original de Twain por lo que el cambio, desde un punto de vista cuantitativo, no es menor.
Gribben lleva décadas estudiando y editando la obra de Twain y su edición, además de poseer otras virtudes, no adolece de descuido o ligereza. Gribben ha alterado el texto con razones que sus críticos, tampoco sin razones, no quieren escuchar. Dice, en esencia, que términos como “nigger” o “injun”, que Twain no utilizaba en sentido peyorativo –el escritor, como se sabe, se opuso a la esclavitud y a la discriminación- se convirtieron en símbolos de la mentalidad racista y así son leídos, hoy, por la mayoría de los niños y adolescentes norteamericanos.
Buscando atraer nuevos lectores a Twain, Gribben intentó traducir al inglés moral del siglo XXI aquellos vocablos que más claramente desdibujaban el pensamiento del autor de Tom Sawyer y Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo. La intención es buena, pero el método es equivocado. Si Gribben hubiera encabezado la edición con una nota introductoria amena, en la que resumiera la ideología de Twain y el sentido que daba a aquellos términos, tal vez hubiera logrado atraer a más lectores que los que ahora aleja con su corrección política de un clásico.
Gribben, pensando en los lectores infantiles y juveniles de Twain, en el Sur de Estados Unidos a principios del siglo XXI, decidió aplicar la corrección política al texto y cambió vocablos como nigger por slave, injun Joe por indio Joe o “half breed” por “half blood”. La palabra “nigger” aparece 219 veces en el texto original de Twain por lo que el cambio, desde un punto de vista cuantitativo, no es menor.
Gribben lleva décadas estudiando y editando la obra de Twain y su edición, además de poseer otras virtudes, no adolece de descuido o ligereza. Gribben ha alterado el texto con razones que sus críticos, tampoco sin razones, no quieren escuchar. Dice, en esencia, que términos como “nigger” o “injun”, que Twain no utilizaba en sentido peyorativo –el escritor, como se sabe, se opuso a la esclavitud y a la discriminación- se convirtieron en símbolos de la mentalidad racista y así son leídos, hoy, por la mayoría de los niños y adolescentes norteamericanos.
Buscando atraer nuevos lectores a Twain, Gribben intentó traducir al inglés moral del siglo XXI aquellos vocablos que más claramente desdibujaban el pensamiento del autor de Tom Sawyer y Un yanqui de Connecticut en la corte del Rey Arturo. La intención es buena, pero el método es equivocado. Si Gribben hubiera encabezado la edición con una nota introductoria amena, en la que resumiera la ideología de Twain y el sentido que daba a aquellos términos, tal vez hubiera logrado atraer a más lectores que los que ahora aleja con su corrección política de un clásico.



La biografía de Julio Lobo (La Habana, 1898- Madrid, 1983), el gran magnate del azúcar cubano en la primera mitad del siglo XX, The Sugar King of Havana. The Rise and Fall of Julio Lobo. Cuba’s Last Tycoon (New York, Penguin Press, 2010), de John Paul Rathbone, editor del Financial Times para América Latina, se lee como una novela o un guión de Scott Fitzgerald o como una película de Elia Kazan. El lector ve transcurrir las escenas ante sus ojos, aunque no lo quiera o aunque algunos lugares comunes de la historiografía nacionalista cubana se atraviesen en la narración.
La primera vez que escuché una versión de September Song de Kurt Weill, interpretada por Django Reinhardt, en la que después del primer solo de saxofón viene un punteo rápido de El Manisero de Moisés Simmons -antes citado por George Gershwin en su Obertura cubana- , advertí un indicio, tan sólo un indicio, de lo poderosas y persistentes que han sido las representaciones de Cuba –y especialmente de La Habana- en la cultura norteamericana de los dos últimos siglos. Historiadores como Louis A. Pérez Jr. o Lars Schoultz se han acercado a ese tema inmenso en los últimos años, pero lo han hecho colocando la política, o más específicamente, las visiones políticas de las élites norteamericanas sobre Cuba y de las cubanas sobre Estados Unidos, en el centro de sus indagaciones.