Libros del crepúsculo

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miércoles, 8 de agosto de 2012

Pasado vivo de Jean Meyer




Reproduzco a continuación la Introducción que escribí para el libro Jean Meyer. Historia y trascendencia (2012), con el cual la Dirección del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), en la ciudad de México, ha querido homenajear la inmensa obra de este maestro entrañable.





La idea de que “toda historia es historia contemporánea”, atribuida al filósofo italiano Benedetto Croce, debió aparecer en Jean Meyer desde muy temprano. Tal vez su padre, también historiador, se la trasmitió cuando era niño, en Aix en Provence, o tal vez la leyó de joven en Raymond Aron, en la versión de que la “historia no es más que las preguntas que el presente hace al pasado”. Lo cierto es que toda la obra de Jean Meyer, desde La Revolución Mexicana (1973) hasta su más reciente, La fábula del crimen ritual. El antisemitismo europeo (2012), está marcada por esa noción del pasado como entidad viva, como elemento constitutivo del presente.
La formación de Jean Meyer como historiador fue de una pluralidad bastante singular, que se refleja en su propia obra. De niño se familiarizó con los nombres de Marc Bloch, fundador de la Escuela de los Annales, y Pierre Renouvin, renovador de la historia diplomática, que fueron maestros de su padre. En la Universidad de Aix tomó clases con Maurice Agulhon y George Duby, continuadores de aquella gran tradición historiográfica por las vías de la historia social y de la historia de las mentalidades. Ya en México, la obra de Meyer se enriqueció con el magisterio de Luis González y González, el autor de Pueblo en vilo (1968), cuya idea de la microhistoria tenía fuertes conexiones con la historiografía local y regional francesa, como se observa en Montaillou, village occitan (1975), la obra posterior de Emmanuel Le Roy Ladurie, otro representante de la tradición de los Annales.
En la nota autobiográfica que escribió para el libro Historiadores de México en el siglo XX (1995), coordinado por Enrique Florescano y Ricardo Pérez Monfort, Jean Meyer destacaba la importancia de su formación plural. Recordaba haber tomado clases, en La Sorbona, con marxistas como Pierre Vilar y Albert Soboul y con estudiosos de la historia demográfica y comercial, como André Armengaud y Pierre Chaunu, más cercanos a la corriente de los Annales. Meyer era consciente de haber tenido la suerte de estudiar con profesores de todos los colores, “rojos o blancos, protestantes, católicos o judíos”, pero todos, “historiadores de verdad”.
El joven Jean Meyer aprovechó aquella diversidad formativa cuando entró en contacto con la historiografía mexicana. Una de sus primeras aproximaciones a la historia de México fue una reseña que le encargó Fernand Braudel, para los Annales, sobre los primeros tomos de la Historia Moderna de México, coordinada por Daniel Cosío Villegas. Lo que más admiraba Meyer de aquella inmensa obra sobre la República Restaurada y el Porfiriato era su concepción social de la política, su relato de la construcción del Estado nacional mexicano como una epopeya social, más que como un diseño institucional exclusivo de las élites.
Pluralidad ideológica y perspectiva social serían dos de los componentes centrales de la obra historiográfica de Jean Meyer. Desde sus primeros libros, La Revolución Mexicana (1973), Problemas campesinos y revueltas agrarias en México (1973), La Cristiada (1974), Estado y sociedad con Calles (1977) y El sinarquismo, ¿un fascismo mexicano? (1979), observamos esa mirada diversificadora, que intenta ubicar el origen las tensiones ideológicas en los conflictos sociales, a la vez que hace visibles a los actores políticos del pasado, sin suscribir las hegemonías construidas por la historia oficial.
Otra característica distintiva del trabajo de Meyer es la permeabilidad territorial de su obra. El estudio de la vida rural, las rebeliones campesinas y las ideologías populares lo ha llevado del Bajío de Miguel Hidalgo y el Tepic de Manuel Lozada a la Rusia de Yemelián Pugachov y Catalina la Grande, con escalas en Zamora (Michoacán) y Guadalajara (Jalisco), ciudades a las que ha dedicado monografías. Jean Meyer es un historiador que se mueve, con soltura admirable, en las cuatro dimensiones espaciales de la historia: la global, la nacional, la regional y la local.
En su nutrida y diversa bibliografía encontramos estudios como Esperando a Lozada (1983), Zamora ayer (1985), El Gran Nayar (1989), De cantón de Tepic a Estado de Nayarit (1990) o Breve historia de Nayarit (1997), que se ubican en la mejor tradición de la historia regional mexicana, y, a la vez, libros ya instalados en el corpus contemporáneo de la historia de la Iglesia Católica, el cristianismo o Rusia, como El campesino en la historia rusa y soviética (1991), Los cristianos en América Latina (1991), el volumen colectivo Tres levantamientos populares: Pugachov, Tupac Amaru, Hidalgo (1992), su monumental Rusia y sus imperios (1997), La gran controversia entre las iglesias Católica y Ortodoxa (2006) o El celibato sacerdotal en la historia de la Iglesia Católica (2009).
A esta nutrida y heterogénea visión regional y social, que constituye el sello personal de su obra, habría que agregar un trabajo con la escritura sumamente versátil, que aproxima, por momentos, la historiografía de Jean Meyer a la ficción, la memoria y el ensayo. Su novela Los tambores de Calderón (1991), sobre el vía crucis de Miguel Hidalgo entre la derrota ante las tropas de Félix María Calleja en la batalla de Puente de Calderón hasta el arresto en el rancho de Acatita de Baján, Saltillo, reeditada en el 2010, por Tusquets, con el título de Camino de Baján (2010), es muestra fehaciente de lo anterior. Esa idea literaria de la historia también se plasma en el clásico Esperando a Lozada (1983) o en su extraordinario estudio, Yo, el francés (2002), sobre las memorias y epistolarios de los oficiales franceses que participaron en la intervención que impuso el imperio de Maximiliano.
Si es imposible aquilatar en pocas páginas la importancia de tan nutrida obra historiográfica, más difícil resulta expresar lo mucho que deben la División de Historia, la revista Istor y varias generaciones de estudiantes del CIDE a las enseñanzas de Jean Meyer. El autor de más de cincuenta libros y el editor de más de cuarenta números de Istor, puede ser leído y reseñado, pero el maestro y el amigo, el líder y el colega, que durante décadas ha compartido su sabiduría, su experiencia y su pasión por la historia, sólo puede ser descrito, con alguna fidelidad, por la memoria de quienes tanto le debemos. No es, en este caso, lugar común decir que el mejor tributo que podemos rendir a Jean Meyer es ser cada día mejores historiadores y mejores personas.

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