Libros del crepúsculo

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sábado, 1 de octubre de 2016

Marina Tsvietáieva y el espejo de la Revolución

Los Diarios de la Revolución de 1917 de Marina Tsvietáieva, rescatados el año pasado por Acantilado, en traducción de Selma Ancira, debieran ser lectura de quienes muestran algún interés genuino en entender qué es una Revolución. Es una lástima que el libro aparezca sin un buen prólogo que ayude al lector a orientarse en la terrible biografía de Tsvietáieva o en la historia de sus diarios, pero algunas notas aparecidas en periódicos españoles, como El País o El Mundo, ofrecen la información básica.
Tsvietáieva era una poeta de familia acomodada, aunque no aristocrática -su padre era profesor de Bellas Artes y director del Museo Pushkin de Moscú-, que se formó en internados de Friburgo y Lausana, tras quedar huérfana de su madre, pianista. En 1912, como en una novela de Tolstoi, se casó con un oficial del ejército, con el que tuvo tres hijos. Su esposo Sergei Efrón se enroló en el Ejército Blanco tras la Revolución de Octubre, pero a ella le sorprendió el evento viajando en tren entre Crimea y Moscú, con el fin de reunirse con sus hijos y sobrevivir, hasta que pudiera exiliarse.
La poeta es una espectadora y una potencial víctima de la Revolución, no una revolucionaria, pero intenta comprender y asimilarse al fenómeno. Pide trabajo a un vecino bolchevique, que la recomienda en el Comisariado para Asuntos de las Nacionalidades, instalado en el palacio del conde Sologub, que inspiró a Tolstoi en Guerra y paz para narrar la casa de los Rostov. La metamorfosis del palacio en institución obrera es uno de los primeros indicios de la Revolución en la mente de la poeta.
La Revolución es ese vuelco social, esa brusca mutación. En los trenes, Tsvietáieva hace contacto con jóvenes bolcheviques que le reprochan que fume o que lea novelas, que vista bien o se mueva entre una casa en Moscú y una dacha en Koktebel. Pero también encuentra partidarios del comunismo que defienden la igualdad de la mujer y que sienten curiosidad por esa joven escritora, que ha visitado París y habla varias lenguas.
El Comisariado para Asuntos de las Nacionalidades le parece la Babel de un nuevo fanatismo. Estonios, lituanos, finlandeses, moldavos, musulmanes, judíos… se integran en el aprendizaje de una nueva lengua marxista y soviética. La poeta abomina del revoltijo cultural de aquel imperio espurio, desde un nacionalismo ruso que, como en otros intelectuales de su generación, no oculta el antisemitismo o la islamofobia.
Para el otoño de 1918, la Revolución se ha consumado, es un asunto del pasado. La palabra desaparece de los Diarios, lo que ilustra una vez más el poco espesor semántico del concepto en la revolución más radical que ha conocido la historia, si se compara con otras, como la francesa, la mexicana o la cubana, que suscitaron todo un fetichismo retórico en torno a ese vocablo. Lo que ha sucedido es una caída en “tierra firme”, que le hace entender por qué en tiempos de la monarquía de los Románov se hablaba de “firmeza celestial”.
Es entonces que Marina Tsvietáieva alcanza una premonición de su exilio y su suicidio con la muerte del amigo Alexei Stajóvich. El viejo orden se ha trastocado de manera irremediable y ella lo constata una tarde en el restaurante Praga de la calle Arbat, de Moscú. Donde antes había un busto de Napoleón –un joven bolchevique le había dicho, en el vagón de un tren, que la francesa era una revolución “vieja” y “deteriorada”- ahora hay otro con la “jeta intimidatoria de Trotski”. Y recuerda que en febrero de 1917, su nana le regaló un espejito con el rostro de Kerenski, cuando la poeta prefería un “espejo verdadero, entero, sin Dictador”. 



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