Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

jueves, 27 de septiembre de 2018

Casa de las Américas: el relato de las marionetas

En la página electrónica La Ventana de Casa de las Américas, en La Habana, aparece una crítica de mi libro La polis literaria (2018), muy reveladora de la forma en que esa institución cultural rememora su rol protagónico en la pugna de las izquierdas durante la Guerra Fría latinoamericana. Los autores de la reseña no cuentan de qué trata el libro y no objetan sus tesis centrales sino que lo denuestan por sus ausencias bibliográficas, temáticas o ideológicas. Ausencias que, de manera grandilocuente, llaman "agujeros negros", y que no sólo limitarían al libro sino a mi persona, ya que la condición de "contrarrevolucionario" o "enemigo de la Revolución" representa, en ese tipo de textos, una degradación moral. Limitaciones políticas, entiéndase, que según Casa lastran tanto mi trabajo intelectual como mi vida personal.
Si los autores de la reseña emplearan un lenguaje y un sentido propios, si no reprodujeran tantas frases que hemos leído en otras diatribas similares en La Jiribilla, en la misma Ventana -aunque ya no se encuentran electrónicamente- o en mi expediente en Ecured, podría pensarse que el texto es, plenamente, de una persona. Pero como desde la primera frase ("en su libro más reciente Rafael Rojas continúa su insistente tarea de calumniar a la Revolución Cubana") hasta la última ("parece más que evidente que el agujero negro por excelencia de Rojas es el mal uso que suele hacer de su inteligencia para atacar al proceso revolucionario cubano del país donde naciera"), se repiten las mismas palabras que desde hace décadas se emplean para caracterizar mi obra en la isla, debo entender que se trata de un autor colectivo.
Como el anónimo habla orgullosamente en nombre de "la Revolución" y de su gobierno, no puedo menos que considerar sus juicios como juicios del Estado cubano, el Ministerio de Cultura o, específicamente, Casa de las Américas, la institución que edita esto que llamamos "reseña". Hay, como comprobará cualquier lector de mi libro, expresiones del editor o editora, que hemos leído, casi textualmente, en Roberto Fernández Retamar y otros intelectuales oficiales de la isla durante medio siglo. Defienden el presente y pasado de la política cultural cubana en bloque, haciendo excepción de un tramo corto de "quinquenio gris", a principios de los 70, ejecutado, según ellos, por unos cuantos "energúmenos".
Empecemos por los "agujeros negros" de mi bibliografía. Dice Casa que en el libro no se citan algunos autores y textos muy conocidos y comentados en otros ensayos míos, como Mundo Nuevo. Cultura y Guerra Fría (1997) de María Eugenia Mudvrovcic, La CIA y la Guerra Fría Cultural (2001) de Frances Stonor Saunders o la antología de Desiderio Navarro, La política cultural del periodo revolucionario: memoria y reflexión (2008). También acusa como ausencia imperdonable que no se suscriba el concepto de "quinquenio gris" de Ambrosio Fornet, como si se tratara de un marco analítico obligatorio. Dejemos a un lado, por favor, el viejo artículo de Christopher Lasch, que defendía un liberalismo radical en los 60, muy crítico de los totalitarismos comunistas.
Es cierto que esos libros no se citan textualmente, pero es evidente que están implícitos en la actualización bibliográfica que propone La polis literaria. Desde mis primeros libros -El arte de la espera (1998) o Tumbas sin sosiego (2006)- expuse por qué me parece limitada la noción de "quinquenio gris" de Fornet. Y en El estante vacío (2009) y La máquina del olvido (2012) comenté varias veces la citada antología de Navarro. Buena parte de esos debates, en la isla, fueron actualizados por Jorge Fornet en su libro El 71. Anatomía de una crisis (2013). Dado que no tiene sentido repetir lo ya escrito, mi discusión se centra en este último, donde, por cierto, no se cita buena parte de la literatura sobre el tema, escrita por críticos cubanos fuera de la isla en los últimos veinte años. Aunque digan que es "de pasada", los editores de Casa demuestran que el debate con el libro de Fornet es más profundo y, evidentemente, reaccionan a eso.
En La vanguardia peregrina (2013), específicamente en el capítulo dedicado a Severo Sarduy, destaco la importancia de estudios como el de María Eugenia Mudvrovcic, pero me inclino más por la interpretación del conflicto Mundo Nuevo-Casa de las Américas que propone Idalia Morejón en Política y polémica en América Latina (2010). Esa discusión, a su vez, está siendo revisada por críticos literarios como Pablo Sánchez y Deborah Cohn, que trabajan específicamente el boom, y, sobre todo, por los historiadores especializados en la Guerra Fría cultural latinoamericana que se citan en la Introducción y el Epílogo de La polis literaria: Hal Brands, Greg Grandin, Gilbert Joseph, Tanya Harmer, Eric Zolov, Vanni Pettinà... Ninguno de estos autores cuenta en la reseña, ni cuenta, hasta donde he leído, en la discusión sobre la Guerra Fría en Casa de las Américas.
Este desfase es especialmente válido para el caso del libro de Frances Stonor Saunders, una autora muy presente en la isla, en tiempos de la Batalla de Ideas, que hacia 2003 fue utilizada para acusar a la revista Encuentro de la cultura cubana de proyecto de la CIA. Además de no estar dedicado específicamente a la Guerra Fría cultural en América Latina, el enfoque de Stonor Saunders ha sido rebasado por nuevas investigaciones como la de Patrick Iber, en Neither Peace nor Freedom. The Cultural Cold War in Latin America (2016), que sí estudia centralmente la manera en que el conflicto bipolar se reprodujo en la cultura de la región. Iber no sólo analiza un bando de aquella pugna, el de la CIA y otras fundaciones norteamericanas a través del Congreso para la Libertad de la Cultura -y no únicamente de éste- sino el otro, el del Consejo Mundial por la Paz y las instituciones culturales soviéticas y de Europa del Este, a las que se sumaron, inicialmente desde una perspectiva propia y, luego, más acoplada a la geopolítica de Moscú, los organismos culturales cubanos en los años 60 y 70. Escribí una reseña de ese libro que puede ser útil para el debate, pero lo más probable es que la ya la hayan leído y que no se den por enterados.
A través de una reinterpretación del concepto de intelectual orgánico de Antonio Gramsci, Iber propuso no pensar a los actores culturales de la Guerra Fría en América Latina como "marionetas" o ventrílocuos de uno u otro polo. La relativa autonomía de los sujetos culturales o políticos, en contextos específicos de confrontación social e ideológica, es destacada en ese volumen. Así resultan más comprensibles fenómenos como la revista Mundo Nuevo, una publicación claramente inscrita en la Nueva Izquierda, pero que fue editada por el ILARI en París, una prolongación del CLC, con fondos de la Fundación Ford, o Libre, una publicación con financiamiento privado que suscribió el socialismo chileno pero criticó al socialismo cubano.
Mis supuestos "agujeros negros" son, por tanto, un buen reflejo de la desactualización teórica e historiográfica de los editores de Casa de las Américas. Pero como siempre sucede en ese tipo de texto, las cuestiones de fondo son mero trámite para pasar a la abierta distorsión de los sentidos y los mensajes. En mi libro nunca se niega la importancia de la Revolución Cubana para el nacimiento del boom de la nueva novela latinoamericana, como aseguran los reseñistas. Las primeras páginas de casi todos los capítulos están dedicadas a reconstruir el entusiasmo que aquellos escritores sintieron por la Revolución que triunfó en enero del 59. Mi objetivo no es "desmontar" -un verbo que no uso- esa obviedad, sino explorar las tensiones y conflictos que se produjeron entre el socialismo cubano y los escritores del boom. Los verbos que uso, "criticar", "matizar" o "problematizar", se convierten en algo amenazante o enemigo como "desmontar". Lo que hace suponer que el fin del editorial es defender una relación armoniosa entre el boom y la Revolución.
Sorprende que alguien que haya leído el libro ponga en duda la posibilidad de documentar que las relaciones entre la Revolución Cubana y el boom de la nueva novela latinoamericana se tornaron conflictivas a partir de 1966 y que entre 1968 y 1972 llegaron a la ruptura, en el caso de algunos narradores y críticos clave como Fuentes, Vargas Llosa, Rodríguez Monegal, Rama, Edwards o Cabrera Infante. Basta leer Mundo Nuevo y Libre y la correspondencia entre esos escritores para confirmar una "crisis", que no niega ningún estudioso serio, ni siquiera Jorge Fornet. Pareciera que el relato histórico de Casa de las Américas se acoge a una suerte de revisionismo, por el cual lo que sucedió en esos años no fue una ruptura sino un intento de división de la CIA, que finalmente fracasó.
Las recurrentes críticas al machismo, la homofobia, el autoritarismo y la burocracia en Cuba, de Rodríguez Monegal, Fuentes, Vargas Llosa, Rama, Donoso, Edwards e, incluso, Cortázar y García Márquez, según este relato, no fueron tales. No fueron las UMAP, los ataques a Lezama, el apoyo a la invasión soviética de Checoslovaquia, el desconocimiento de los premios a Padilla y a Arrufat o el arresto y "autocrítica" de Padilla -que Casa, a partir de un testimonio de Guillermo Rodríguez Rivera, quiere ver como una pantomima de los juicios estalinistas, ¡según el propio Padilla!- los que distanciaron a aquellos escritores de la Revolución Cubana. Fue la CIA, que intentó dinamitar la armonía de los intelectuales latinoamericanos en torno a Cuba, en aquella década tan heterogénea desde el punto de vista político.
Las tensiones, a mi juicio inocultables, se exponen aquí a través de la correspondencia, en muchos casos inédita, entre los principales narradores del boom, una documentación sobre la que no dice una palabra el editorial de Casa. Por lo visto, la exposición de esos conflictos, que fueron más allá del tema del financiamiento de las publicaciones, y que involucraron diferencias ideológicas y estéticas de la mayor importancia para la historia cultural de la región, resulta incómoda a la institución. Como resulta incómodo que se demuestre, con citas textuales de cartas y publicaciones, que dentro del boom, en el entorno de una revista como Libre, se dividieron las visiones sobre Chile y Cuba. Eso es un hecho.
Y esa división abarcaba a buena parte de la izquierda occidental, no sólo a los narradores del boom. Algo que, naturalmente, resulta inconcebible a quienes se hacen una idea mítica o fantasmagórica, como de parque temático, de la izquierda latinoamericana. Una idea en la que si se estaba con Salvador Allende había que estar a fuerzas con el Che Guevara y con Fidel Castro y, luego, con Hugo Chávez, como si se tratara de un mal mural mexicano. La historia política, como sabemos, fue y es más diversa: no admite ese desfile de íconos superpuestos, que amplifican los altavoces de algún Departamento Ideológico. Si fuera por la nueva Casa de las Américas, en ese mural estarían Fidel y Borges, abrazados, en una perfecta imagen de la despolitización de la historia de América Latina.
También molesta a los directivos de Casa que afirme que ninguno de los narradores del boom fue un intelectual orgánico de sus respectivos gobiernos, entendiendo por "intelectual orgánico" lo que entienden en la Cuba oficial y no lo que entendía Gramsci. Por supuesto que me estoy refiriendo al periodo del boom, entre los años 60 y mediados de los 70, cuando todos aquellos escritores se ubicaban en la izquierda. El hecho de que Carlos Fuentes respaldara a Luis Echeverría y aceptara la embajada en Francia, porque creyó realmente en las posibilidades de democratización de México en los 70, no lo hizo un defensor o un cómplice del autoritarismo mexicano. Justo en 1971, cuando publicó los textos más cercanos al echeverrismo apareció su libro Tiempo mexicano, en el que criticó la falta de democracia en México y llegó a defender el socialismo.
Sugerir, como hace esta crítica, que el acercamiento de Fuentes a Echeverría lo hizo cómplice de la matanza de Tlatelolco, que sucedió tres años antes, es, sencillamente, una mezquindad. Estudios recientes, como el de Sergio Aguayo, El 68. Los estudiantes, el presidente y la CIA (2018), dan a entender lo contrario, que mientras en 1968 Fuentes criticaba la matanza de Tlatelolco en las publicaciones del boom, la prensa cubana silenciaba cualquier solidaridad con los estudiantes y cerraba filas con la represión de Díaz Ordaz. Y ya que estamos en Fuentes, valga la aclaración que cuando hablo de "silencio editorial" no me refiero a una u otra edición aislada sino a la desaparición, y algo más grave, la estigmatización por un buen tiempo de su figura, así como las de Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards, Guillermo Cabrera Infante y otros escritores del boom.
Curioso que el portal de Casa de las Américas insista ahora en el dato falso de que la primera denuncia del financiamiento de Mundo Nuevo provino del New York Times y no de "los cubanos". Y que nos aclare que "nunca afirmaron que quienes publicaban en Mundo Nuevo fueran todos, necesariamente, hostiles a la Revolución". Nada más afirmaron -y afirma todavía Casa- que la revista era "fachada" de la CIA, lo cual, es una clarísima distorsión de lo que decía la nota del New York Times de abril del 66, traducida por Marcha. Lo que esa nota decía, como explica en detalle Patrick Iber, no es que Mundo Nuevo, cuyo primer número salió tres meses después, en julio de 1966, fuera "fachada" o "pantalla" de la CIA sino que la CIA había patrocinado al Congreso para la Libertad de la Cultura y a la revista Encounter. Y agrega Iber, a partir de la correspondencia de Casa de las Américas, que Fernández Retamar estaba decidido a "boicotear" la nueva revista antes de que la misma se publicase. Esta observación coincide con la visión que Vargas Llosa y Cortázar, miembros del equipo editorial de Casa, trasmitían a sus amigos de Mundo Nuevo y Libre: cualquiera que fuera el financiamiento, esas publicaciones serían atacadas desde La Habana.
El hecho es que a la mayoría de los escritores del boom, vinculados a cualquiera de esas revistas o, más adelante, a Plural, que tuvo una fuente muy distinta de financiamiento, se les catalogó, por sus ideas, como "intelectuales de derecha, burgueses, decadentes, imperialistas, cómplices del genocidio, revisionistas, etc", tal y como reza la documentación del Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971. Fue por sus ideas, por su literatura vanguardista y por su afinidad con los socialismos democráticos de la Nueva Izquierda, y no por el financiamiento de aquellas revistas, que se les estigmatizó en el campo intelectual de la isla, y no sólo por cinco años, como dicen los "reseñistas", sino por décadas. Esos calificativos todavía se utilizan para demeritar la obra de no pocos escritores cubanos, opuestos pacíficamente al gobierno de la isla, dentro y fuera de Cuba.
Otro de los lugares comunes de esta crítica consiste en afirmar que cuando comento o critico a algún escritor residente en la isla lo identifico con un "funcionario" o un "burócrata". Ya una vez me referí extensamente a ese estereotipo, en polémica respetuosa con Arturo Arango en la revista Temas, en la que terció sin estar aludido Iroel Sánchez. En La polis literaria, como en Tumbas sin sosiego o La vanguardia peregrina, la mayoría de los escritores que se comentan o se glosan no son presentados como "funcionarios". No se presentan como tales, muchas veces, sino como poetas, narradores o ensayistas, autores como Roberto Fernández Retamar, Lisandro Otero o, incluso, Abel Prieto, que sí han sido funcionarios.
En La polis literaria se habla de muchos escritores latinoamericanos pero también cubanos (Alejo Carpentier, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Ambrosio Fornet, Edmundo Desnoes, Antón Arrufat, Luis Suardíaz, Manuel Díaz Martínez ...), y también se dedican tres capítulos a los autores de la isla mejor afincados en el boom: José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy. En el ensayo dedicado a Lezama, "Paradiso en el boom", no encuentro la frase "exiliado de dentro" atribuida a este poeta, narrador y ensayista, en 1969. Pero valga la aclaración de que fue el propio Lezama, quien en cartas a su hermana Eloísa y a su amigo Julián Orbón, trasmitió la sensación de encierro y aislamiento que comenzó a sentir a fines de los 60 en Cuba. El ostracismo de Lezama, aunque no de golpe sino progresivamente, no comenzó con el "caso Padilla", como sostienen los editores de Casa, sino desde la reacción oficial contra Paradiso en 1966.
Mi conclusión, después de varias lecturas de la "reseña" que me dedica La Ventana de Casa de las Américas, es que los editores de esa institución todavía no encuentran la mejor manera de narrar su pasado. Hay ahí no sólo desactualización teórica o intelectual sino incapacidad para reconocer errores, aunque sea de forma retrospectiva, y una insaciable voluntad de poder, que se traduce en abiertas contradicciones, cuando no falsedades o equívocos. Quieren presentarse como plurales y democráticos en el pasado, cuando fueron dogmáticos e intolerantes, y aparentar armonía ideológica o traiciones casuísticas en el presente, cuando la memoria y la crítica crecen y se ramifican por las redes del siglo XXI.

3 comentarios:

  1. Excelentes y muy bien fundamentadas defensas de Rafael Rojas. Apenas un detalle, el ostracismo a Lezama comienza tras el Congreso de Educación y Cultura, abril de 1971. Remito a los homenajes y publicaciones de 1970, cuando celebra sus 60.

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  2. Es probable que la crítica de Casa de las Américas se refiera a una carta de Lezama a su hermana Eloísa, de 1969, que se cita en el capítulo "Paradiso en el boom" de mi libro, en la que Lezama dice: "me siento tan desolado, indolente y abúlico, que lo que en otras épocas hubiera sido motivo de gran alegría ahora lo es de hondas preocupaciones..." En esa misma carta, Lezama comentaba lo importante que habían sido para él los comentarios de Vargas Llosa y Cortázar sobre Paradiso, porque,en buena medida, lo habían protegido frente a la burocracia. También menciona una invitación de la Unesco, pero desconfía de que se de. Por eso concluyo que Lezama sentía el rechazo oficial desde antes de 1970. Sus cartas luego de la edición de Paradiso, en 1966, también hablan eso.

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  3. Vamos a darle otra vuelta al asunto:
    https://elpais.com/cultura/2018/06/18/babelia/1529333100_072846.html

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