Entre muchas otras cosas, las revoluciones son plataformas de venta para las culturas nacionales que las experimentan. Hoy, por ejemplo, la literatura egipcia cotiza a la alza, como se observa en los casos del fallecido Naguib Mahfuz o de Hussein Bassir. O como sucedió en los años 20 y 30 con el muralismo y la literatura de Contemporáneos, en México. O como en los años 60, con las novelas de Carpentier, el Che de Korda o el pop art de Raúl Martínez.Durante una breve estancia en Nueva York, en 1936, antes de su partida a España, como soldado de la República, Pablo de la Torriente Brau advirtió la fascinación que despiertan, en grandes capitales culturales de Occidente, como Nueva York y París, las revoluciones. Observaba este socialista cubano, nacido en Puerto Rico, que, en 1936, Nueva York pasaba del entusiasmo por la Revolución Cubana del 33 al entusiasmo por la República española.
“Siempre han tenido aquí indiscutible prestigio… los problemas de la Revolución Cubana; el triunfo de nuestra música, había hecho que las maracas –castañuelas ñáñigas- conquistaran Nueva York. Porque aquí, la mejor manera de obtener publicidad, es realizar algo clamoroso, terrible, inaudito. ¿Qué cosa mejor que una revolución? Por eso, las luchas contra Machado, con sus alardes de heroísmo y sacrificio, con sus víctimas gloriosas, con sus escenas de terror y barbarie, abrieron un mercado para todas las manifestaciones exteriores, plásticas y sonoras del pueblo de Cuba. Y los cabarets se llenaron de rumba y son, y en todas las casas, sobre el radio, se cruzaron dos maracas, como mazas heráldicas de una nueva nobleza: la nobleza sin ceremonia de la rumba y el son. Desde entonces, el yubiar de municiones de las maracas ha sido para los americanos algo así como la imagen confusa y sonora de Cuba y sus problemas. Mas ahora vendrán las castañuelas”.
Tal vez, sólo las decadencias pueden llegar a ser tan favorables a la oferta y la demanda de una cultura como las revoluciones. El ocaso del imperio austrohúngaro entre fines del siglo XIX y principios del XX o la década de los 80, en la Unión Soviética, serían dos ejemplos notables, pero no los únicos. Hoy por hoy, lo que queda de aquella “fantasía roja”, estudiada por Iván de la Nuez, en el caso de Cuba, tiene que ver, sobre todo, con la decadencia del orden revolucionario.




La biografía de Julio Lobo (La Habana, 1898- Madrid, 1983), el gran magnate del azúcar cubano en la primera mitad del siglo XX, The Sugar King of Havana. The Rise and Fall of Julio Lobo. Cuba’s Last Tycoon (New York, Penguin Press, 2010), de John Paul Rathbone, editor del Financial Times para América Latina, se lee como una novela o un guión de Scott Fitzgerald o como una película de Elia Kazan. El lector ve transcurrir las escenas ante sus ojos, aunque no lo quiera o aunque algunos lugares comunes de la historiografía nacionalista cubana se atraviesen en la narración.
La primera vez que escuché una versión de September Song de Kurt Weill, interpretada por Django Reinhardt, en la que después del primer solo de saxofón viene un punteo rápido de El Manisero de Moisés Simmons -antes citado por George Gershwin en su Obertura cubana- , advertí un indicio, tan sólo un indicio, de lo poderosas y persistentes que han sido las representaciones de Cuba –y especialmente de La Habana- en la cultura norteamericana de los dos últimos siglos. Historiadores como Louis A. Pérez Jr. o Lars Schoultz se han acercado a ese tema inmenso en los últimos años, pero lo han hecho colocando la política, o más específicamente, las visiones políticas de las élites norteamericanas sobre Cuba y de las cubanas sobre Estados Unidos, en el centro de sus indagaciones.