Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

jueves, 16 de julio de 2026

Barrocos y neoclásicos, oficiales y disidentes en la poesía novohispana



Uno de los últimos títulos de la valiosa colección de Historias Mínimas de El Colegio de México es la dedicada a la poesía novohispana, escrita por Martha Lilia Tenorio, profesora de esa institución. La académica introduce desde las primeras páginas la denominación de “poesía oficial o comprometida” para referirse a la escrita con motivo de los actos oficiales de la monarquía católica en la Nueva España. Los términos suenan muy contemporáneos, pero tienen sentido en el libro de Tenorio. 

 Por ejemplo, a la muerte del emperador Carlos V en 1558, el virrey Luis de Velasco organizó conmemoraciones, luego recogidas en el Túmulo imperial de la gran ciudad de México (1560) de Francisco Cervantes de Salazar. Dentro de la obra aparecían poemas, como los de Cristóbal Cabrera, que escenificaban un diálogo imaginario entre España y la Muerte, en el que la segunda intenta convencer a la primera de que el deceso del emperador no era más que un trámite para hacerlo inmortal. Esa poesía, que exaltaba las glorias de los reyes de España y los virreyes de Nueva España, es la que Tenorio llama oficial. 

 En el siglo XVII, Tenorio encuentra algo parecido durante los festejos por el centenario de la conquista de México en 1621. Los virreyes Diego Fernández de Córdoba y Juan Paz de Vallecillo estuvieron involucrados en el diseño y ejecución de aquellas fiestas. Los poemas de Arias de Villalobos en Obediencia que México dio a don Felipe de Austria (1623) eran imitaciones barrocas de Luis de Góngora, en las que se rendía culto a San Hipólito, por las fiestas patronales de ese año, se lamentaba la muerte Felipe III, se juraba nueva lealtad a Felipe IV y se rememoraba la hazaña de Hernán Cortés. 

 Cuando en 1982 apareció el brillante ensayo de Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, entre las tantas polémicas que lo acompañaron, estuvo la de si el poeta mexicano exageraba la analogía entre el régimen novohispano y las dictaduras totalitarias del siglo XX y si, en consecuencia, la monja novohispana había sido una disidente y una feminista avant la lettre. Tenorio sigue más a Antonio Alatorre que a Octavio Paz en su lectura de Sor Juana, pero coincide en que la poética sorjuanina quiebra los moldes del barroco oficial e imitativo de las generaciones anteriores. 

 Aunque haya escrito poemas a virreyes y arzobispos, la poesía de Sor Juana trascendía el barroco del Siglo de Oro peninsular por composición estilística, apertura intelectual y libertad moral. En los círculos eclesiásticos y letrados de la Nueva España, Sor Juana representaba un desafío a la poesía oficial, muy distinto al de la lírica popular y anónima, las sátiras blasfemas o las llamadas “coplas de negros”, pero un desafío al fin. 

 Hacia el final de su libro, Tenorio presenta otra fisura a través de la poesía de los últimos años del virreinato, en la que destacaron Anastasio de Ochoa y Acuña y Francisco Manuel Sánchez de Tagle, entre otros. Aunque literariamente mejor formados, poetas previos, como Manuel Martínez de Navarrete o José Manuel Sartorio, agrupados en la Arcadia Mexicana y el Diario de México, habían desembocado en un neoclasicismo oficial, que llegó a ser, en algunos casos, fernandista y hasta contrainsurgente al inicio de la guerra de independencia. 

 En Ochoa, Lizardi y el injustamente olvidado Sánchez de Tagle, en cambio, encuentra Tenorio indicios de romanticismo que, en el plano de las ideas políticas, se mezclan con una transición al republicanismo católico. Dice Tenorio que Sánchez de Tagle era un “autor más bien mediano, pero con oficio”. Seguramente tiene razón, pero el michoacano llegó a escribir poemas como el titulado “A la luna en tiempos de discordias civiles”, donde se leen estos versos tan actuales: “no habrá mérito ya, virtud segura;/ todo se ataca, todo se atropella/ con mano y lengua impura:/ imprudente maldad todo lo huella”.

martes, 14 de julio de 2026

Carlo Ginzburg: la historia en la sangre




Su padre, Leone Ginzburg, fue un judío ucraniano que emigró a Italia y se dedicó a estudiar, enseñar y traducir la literatura rusa en Turín. Fundó con Giulio Einaudi y Cesare Pavese la editorial Einaudi y se involucró en la clandestinidad antifascista contra el régimen de Benito Mussolini. En 1943 fue arrestado por la Gestapo en Roma, torturado y luego asesinado en la siniestra cárcel de Regina Coeli, en el barrio de Trastevere. 

 Su madre, Natalia Ginzburg, fue una de las grandes escritoras italianas de todos los tiempos. Autora aclamada de Nuestros ayeres (1952) y Léxico familiar (1963), que dan vida desde la memoria a aquel pasado trágico, fue también la pensadora sutil de Las pequeñas virtudes (1966), textos en los que condensó sus ideas sobre la educación y la familia, la libertad y la cultura. 

 Él, Carlo Ginzburg, nacido en Turín en 1939, cuando sus padres eran luchadores clandestinos del antifascismo, y fallecido recientemente en Bolonia, en cuya universidad enseñaba desde hace más de cuarenta años, se convertiría en uno de los historiadores más originales y admirados de de fines del siglo XX y lo que va del siglo XXI. 

 Ginzburg comenzó a ser conocido fuera de Italia después de la publicación y traducción de su brillante estudio El queso y los gusanos (1976), que editó Einaudi. El libro reconstruía, a través de un expediente inquisitorial, la cosmovisión de Menocchio, un humilde molinero del Véneto, a fines del siglo XVI, que cuestionaba la idea del Purgatorio, la inmaculada concepción de María, la santísima Trinidad, la autoridad papal y los privilegios del clero. 

Al tribunal del Santo Oficio sonaron luteranas o calvinistas las ideas de Menocchio, pero lo que más lo escandalizó fue su personal versión del Génesis. Según el molinero, una masa amorfa de tierra, agua, fuego y aire había generado, como la leche el queso, un enjambre de gusanos: los ángeles. Dios era uno de aquellos ángeles, por lo que era creador y criatura al mismo tiempo, junto con las plantas, los animales, los monstruos, Lucifer y los arcángeles, a quienes puso bajo sus órdenes. 

Menocchio fue quemado en la hoguera en 1599 por hereje, y Carlo Ginzburg, el historiador que rescató a aquel personaje real de la Edad Media, sería cuestionado a fines del siglo pasado por viejas corrientes historiográficas, deudoras del positivismo, el marxismo-leninismo, el estructuralismo y otros enfoques. Se le reprochó a Ginzburg dar como fuentes válidas los documentos de la Inquisición y hablar de una “cosmogonía personal”, cuando se trataba de creencias colectivas. 

Aquellas polémicas fueron perfilando en Ginzburg una idea de la historia que nadó a contracorriente, hasta alcanzar una amplia referencialidad. Desde el punto de vista teórico, el aporte del historiador italiano sería fundamental: propuso no pensar los rastros del pasado como pruebas o evidencias de hechos rotundos sino como huellas o indicios de fenómenos, muchas veces, con desenlaces imprecisos. 

En libros posteriores como El juez y el historiador (1993), sobre el caso de Adriano Sofri, militante y periodista italiano, condenado a prisión por terrorismo y asesinato, Ginzburg desarrolló más la diferencia entre historia y derecho. La confusión entre estas formas del saber, tan común en las apelaciones al “tribunal de la historia” o en las demandas de paredón por vía académica, según el historiador, tiene como sustrato el dogma positivista de los hechos duros. 

En otro libro suyo, El hilo y las huellas (2010), editado por el Fondo de Cultura Económica, se argumenta a favor del diálogo entre historia y literatura, verosimilitud y ficción, justo en el momento de arranque de las nuevas tecnologías de la postverdad. Hoy, redes y medios se saturan de auténticas patrañas, revestidas del mismo viejo positivismo, que refutaba con tanta elocuencia Carlo Ginzburg, un académico que llevaba la historia en la sangre.

domingo, 12 de julio de 2026

Regreso a los 90 con Jordi Soler



He leído de un tirón Las armas de la ilusión (Alfaguara, 2026) de Jordi Soler, supongo que por sus ráfagas de memoria de los años 90 en el antiguo DF. Llegué a esta ciudad en el verano de 1991 y me enteraba de lo que sucedía en México y el mundo por el periódico La Jornada, que muchos cargábamos con nuestros libros en los peseros de Avenida Universidad, Copilco e Insurgentes, rumbo a la UNAM y el Colmex. 

 A Jordi Soler lo escuchábamos en la estación de radio Rock 101 y luego lo veíamos en el Canal 11, en el programa Del Rock y otras rolas. Después lo hemos leído en sus novelas y sus brillantes columnas en el periódico Milenio. Pero en este último libro, el escritor nos devuelve de golpe a su juventud, que fue también la nuestra, en aquellos años de ilusiones desarmadas y sueños paralizantes. 

 La novela -¿es esta memoria una novela o es esta novela una memoria?- comienza con el rock y muy rápido se desplaza al revuelo que causó el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la juventud capitalina. En mi recuerdo, el DF era un lugar muy rockero, si se comparaba, por ejemplo, con La Habana, la ciudad de la que yo venía. En Rockotitlán y otros bares escuchábamos a Los Caifanes, Maldita Vecindad, Botellita de Jerez y Santa Sabina. 

 Pero Soler comienza aludiendo a algunos equívocos o desencuentros entre el rock y la ciudad, que dan un tono premonitorio a la trama de este libro. Recuerda el escritor cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, Joe Cocker no pudo cantar un solo tema, de lo borracho y drogado que estaba, o cuando Jim Morrison de los Doors “lucía un vistoso coma etílico” o cuando unos dobles de Ian Gillan y Ritchie Blackmore se hicieron pasar por los Deep Purple en la Ciudad de los Deportes. 

 Ese preámbulo da paso con fluidez a la historia de los múltiples intentos de frustración oficialista del concierto de “Rock por la Paz y la Tolerancia”, organizado por el EZLN y varios grupos rockeros mexicanos en 1995 en el Estadio de Prácticas de la UNAM. Soler hizo un promocional de aquel concierto, con la voz del Subcomandante Marcos, que se trasmitió durante semanas, a pesar de múltiples amenazas y conatos de censura. 

 Las memorias de Soler se colocan en ese punto de vivencia e inverosimilitud que es propia de las novelas. El pasaje dedicado a la entrevista con el escritor colombiano Fernando Vallejo, autor de La virgen de los sicarios (1994), en una tienda de vestidos de novia del Centro Histórico de la Ciudad de México, es completamente novelesco. La conversación entre los dos escritores recorre temas como el culto a María Auxiliadora, la Iglesia, el travestismo y la sobrepoblación mundial. 

 La conversación entre Vallejo y Soler, para el noticiario Blanco y negro, que conducían Javier Solórzano y Carmen Aristegui, se conserva en Youtube, pero la narración de Las armas de la ilusión desborda ágilmente aquella realidad audiovisual. En el libro se cuenta que, después de la entrevista, los interlocutores se fueron con la editora Marisol Schulz a casa de Vallejo en la calle Amsterdam, donde el novelista colombiano tocó al piano una sonata de Antonio Soler, y terminaron la noche persiguiendo un carrito de camotes por la Condesa. 

 Recrea también Jordi Soler algunas escenas de su paso por Dublín, como agregado cultural de México en los años 2000. Entre sus proezas joycenas, en la capital irlandesa, estarían entrevistar, traducir y editar al poeta Seamus Heaney, Premio Nobel en 1995, y organizar una muestra de retratos de José Luis Cuevas en la casa de Oscar Wilde, en Merrion Square. 

 Todo esto está narrado con un derroche de “self mockery” o con una falta de solemnidad que mucho recuerdan a James Joyce, al propio Fernando Vallejo, pero también a Guillermo Cabrera Infante. El escritor recuerda su pasado, bien claro de que “una sola piedra puede desmoronar un edificio”, como decía Francisco de Quevedo, lo cual suena a antídoto contra tanto narcisismo y escarnio en las redes.