Libros del crepúsculo

Libros del crepúsculo

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Lorca y México



Cuando Federico García Lorca fue detenido por las fuerzas antirrepublicanas en Granada, en agosto de 1936, y poco después asesinado y enterrado en una fosa común, estaba preparándose para viajar a México. Aquí se encontraba su amiga Margarita Xirgu Subirá, actriz y dramaturga catalana, que desde abril de ese año estaba exiliada en La Habana, y preparaba una temporada de puestas en escena de Lorca en la Ciudad de México. 

 Xirgu había estrenado en Barcelona casi todas las obras de Lorca (Mariana Pineda, La zapatera prodigiosa, Yerma, Doña Rosita la soltera, Bodas de sangre) y había trabajado directamente con el poeta en la creación de La casa de Bernarda Alba. El proyecto de ambos era que Lorca se embarcase cuanto antes a México, para evitar que fuese arrestado por el franquismo, luego del levantamiento fascista de julio de 1936 contra la Segunda República. 

 Lorca no viajó nunca a México, aunque tenía muchos amigos y amigas mexicanos y varias veces estuvo a punto de llegar. Una de ellas fue en 1930, cuando entre marzo y junio de ese año estuvo en La Habana, al final de su estancia en Nueva York. Luego, a fines de 1933 y principios de 1934, Lorca recorrió Argentina, Uruguay y Brasil y tuvo una actividad frenética en la ciudad de Buenos Aires. Con varios de sus amigos mexicanos, especialmente con Salvador Novo y Alfonso Reyes, a quienes vio en Buenos Aires, habló de su deseo de visitar México. 

 Como ha contado Guillermo Sheridan, en Nueva York, Lorca se movió en un círculo de exilados españoles y mexicanos, en el que figuraban Federico de Onís, Dámaso Alonso, Julio Castellanos, Antonieta Rivas Mercado, Gilberto Owen y Emilio Amero. Este último, pintor y cineasta mexicano sería el potencial director de un guión de cine escrito por el poeta granadino, titulado Viaje a la luna. Otro mexicano que conoció Lorca en Nueva York fue el poeta sinaloense Owen, impulsor de la revista Ulises con Rivas Mercado, quien escribió otro guión de tema y factura muy parecidos, Hombre de la luna, que tampoco se realizó. 

 El 22 de noviembre de 1933, en Buenos Aires, Reyes anota en su Diario: “cien representaciones de Bodas de sangre de Federico García Lorca en el Avenida. Maravilla pura, da gusto que esto salga en la vida de uno”. Unos días después, apunta que ha asistido, con Lorca, a un ensayo de La zapatera prodigiosa en el mismo teatro Avenida. Luego, en marzo, de regreso a España, Lorca visitó a Reyes en Río de Janeiro junto a su amigo del teatro La Barraca, el arquitecto y escenógrafo Manuel Fontanals. 

 También en Buenos Aires se encontró Lorca con Salvador Novo, quien, como Reyes, formó parte de la delegación mexicana a la Conferencia Panamericana de Montevideo en 1933. En su libro Continente vacío (1935), Novo narra el encuentro en el hotel Castelar y dice que también asistió a un ensayo en el Avenida. Luego comieron ellos dos en un restaurante de la Costanera y Lorca acabó cantando la Adelita, elogiando a Pedro Henríquez Ureña, a quien también vieron en Buenos Aires, y criticando a José Vasconcelos por el suicidio de Antonieta Rivas Mercado. 

 Después de aquel encuentro, Novo cayó enfermo y Lorca fue ha visitarlo varias veces. En los años siguientes los dos poetas sostendrían una correspondencia amorosa, que ha sido rescatada por el investigador de El Colegio de México, James Valender. El afecto de Novo por Lorca llegó a ser tan intenso que el mexicano propuso al granadino trasladarse a vivir a Madrid a principios de 1935. 

 Tras el asesinato del poeta, Alfonso Reyes escribió una “Cantata en la tumba de Federico García Lorca”, pieza teatral poco conocida, que entre 1936 y 1938, se representaba en cuanto homenaje se hiciera al escritor granadino en capitales latinoamericanas. Margarita Xirgu, muy amiga también de Reyes, declamó aquella cantata junto con poemas de homenaje a Lorca como “El crimen fue en Granada” de Antonio Machado, “Elegía primera” de Miguel Hernández, “A un poeta muerto” de Luis Cernuda o la “Oda a Federico García Lorca” de Pablo Neruda.

domingo, 6 de septiembre de 2026

La voluntad de ignorar






Nuestra época atestigua una de las mayores reacciones contra las premisas ilustradas de la modernidad. Todo aquello que tan intensamente se debatió a fines del siglo XX, cuando las ideas postmodernas irrumpieron en la esfera pública global, experimenta ahora una constatación sombría: la revolución tecnológica se da acompañada de un avance de la superstición, el fanatismo y la ignorancia en la vida cotidiana. 

 Lo comentamos aquí, a propósito de La sociedad del desconocimiento (2022), el libro de Daniel Innerarity, y lo hemos vuelto a leer en La brecha entre saber y hacer (2026) de Joan Subirats. Hay una “disolución de la verdad en la conversación democrática”, dice Subirats, que responde a dos causas por lo menos: la velocidad con que las nuevas tecnologías, las redes sociales y la Inteligencia Artificial reemplazan la creación intelectual y la crisis de los mecanismos deliberativos y representativos de la democracia. 

 La erosión democrática encuentra terreno fértil en la polarización de las redes por la incapacidad para normar la comunicación en medios tan novedosos y aparentemente atomizados. Los algoritmos, dice Subirats, funcionan como máquinas replicantes de discursos de odio, estigmatizaciones políticas, fusilamientos de la reputación, pero también como quiebre de jerarquías del saber y simplificaciones, cuando no, tergiversaciones de la historia, más allá de todo revisionismo documentable. 

 En ese avance contrailustrado, las verdades dejan de ser dudadas para ser sustituidas por mitos o fantasías. Las fakenews son la forma más superficial de ese desplazamiento: mucho más grave que una noticia falsa en un periódico sería, por ejemplo, como sucede ahora mismo en Estados Unidos, que el ministerio de sanidad de cualquier país diese por válida la tesis no comprobada de que las vacunas producen autismo. Cuando alguna patraña sobre el pasado o el presente se convierte en política pública estamos en presencia de la manifestación más peligrosa del deseo de ignorar. 

 Mark Lilla, profesor de la Universidad de Columbia, dedica el tema su último libro, Ignorancia y felicidad. Sobre el deseo de no saber (2026), traducido por Daniel Gascón. Como en otros de sus libros, Pensadores temerarios (2006) o La mente naufragada (2017), la base de su argumentación proviene de la historia de la filosofía. Pero, esta vez, Lilla no se detiene tanto en perfiles de filósofos (Schmitt, Heidegger o Arendt; Rosenzweig, Voegler o Strauss) como en personajes de la filosofía: Edipo, Odiseo, Sócrates, protagonista de Platón. 

 El presente no siempre es visible en el ensayo, pero las líneas introductorias, en las que Lilla altera el mito de la caverna platónica, introduciendo el personaje de un niño que, después de salir de la cueva, prefiere regresar a la penumbra, alumbrado sólo por la luz de la pantalla de su computadora o su Iphone, dejan clara la intención de debatir el cambio civilizatorio que vivimos. 

 Todos los personajes del libro, incluido San Agustín, como protagonista de sus Confesiones, encarnan algún tipo de evasión del saber. Todos representan un malestar con el conocimiento y el rechazo a ser predestinados o codificados por una profecía o una mentalidad. Son rebeldes, y esa rebeldía es la que los ha convertido en referencias milenarias de la cultura occidental, desde Homero hasta Nolan. 

 Lo que se olvida, y ese olvido constituye un claro síntoma de la ignorancia de nuestro de desconocimiento, es que todos son también figuras que personifican un rechazo a la verdad y al saber. Es cierto que en su pleito con lo sabido exploran otras formas del saber, pero el impulso que los define está ligado a una relativización de certidumbres comunes. Son misólogos, más que filósofos, los personajes de este libro de Lilla, antiquísimas versiones del niño que, en las primeras páginas, prefiere regresar a su mundo seguro de sombras iluminadas en las paredes de la gruta por un fuego tenue.