El documental de Wim Wenders sobre Pina Bausch me ha transportado a La Habana de los 80, donde esta legendaria coreógrafa y bailarina alemana tenía fervorosos seguidores. Recuerdo a las maravillosas apóstatas del Ballet Nacional, Caridad Martínez, Mirta García y Rosario Suárez, que junto a algunos actores como Pedro Sicard y Francisco Gattorno, fundaron el Ballet Teatro de La Habana. Y recuerdo, también, la ascendencia de Bausch sobre las propuestas escénicas de Marianela Boán en Danza Teatro y de Víctor Varela en su Teatro del Obstáculo.
En aquella Habana, la poderosa impugnación que Bausch hacía a la expresión corporal en el ballet clásico y la danza moderna, tuvo una recepción impresionante. Allí también, en esa ciudad caribeña, tan ajena y distante de Wuppertal, se había institucionalizado una rígida noción del cuerpo, con no pocas sintonías con la metafísica que cuestionaba Bausch en Alemania. Con este conmovedor homenaje, Wenders lleva esa liberación escénica del cuerpo al nivel que aquellos jóvenes habaneros soñaron en los 80.
Las tres dimensiones del film hacen que el espectador sienta encima de su cabeza las sillas de Café Müller, la tierra y el agua que se acumulan en el escenario y que, de pronto, se disparan desde la pantalla. La perspectiva y la profundidad que la cámara de Wenders logra en este documental ya comienzan a ser comentadas como hito en la filmación de la danza. La danza de Pina Bausch encuentra en el cine de Wim Wenders el medio que le faltaba para expresar plenamente esa idea del cuerpo que tan bien nos retrata.





