Libros del crepúsculo

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lunes, 4 de marzo de 2013

Martínez Villena, la felicidad y lo soviético en Occidente



En estos días que, entre cubanos, se leen libros como Caviar with Rum de Jacqueline Loss y José Manuel Prieto y el extraordinario ensayo de Damaris Puñales-Alpízar, Escrito en cirílico. El ideal soviético en la cultura cubana posnoventa (Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2012), vale la pena regresar a los antecedentes de la conexión soviética en Cuba. La correspondencia del poeta y político comunista cubano, Rubén Martínez Villena, es interesante al respecto.
Entre la primavera de 1930 y el invierno de 1932, Martínez Villena se carteó con su esposa Asela Jiménez y sus hermanos David, Esther y Judith, relatando impresiones de una travesía que lo llevó de La Habana a Key West, a Jacksonville, a Nueva York, al Báltico –vía Southampton, Cherburgo y Hamburgo-, a Moscú, al balneario de Sochi, en el Mar Negro, y luego de vuelta a La Habana. Se trataba del primer viaje de Martínez Villena, quien desde 1928 era miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, a Moscú, donde se incorporaría a los trabajos de la Sección Latinoamericana del Comintern.
Martínez Villena habla de la URSS como “nuestra patria” o “el único lugar seguro sobre la tierra para mí” e intenta convencer a su esposa y a sus hermanos de que ese lugar exótico, la nueva Rusia, es más cercano y familiar de lo que imaginan. El propio Martínez Villena, aunque decidido a llegar a Moscú, vacila durante el viaje. La esposa, Chela, quiere que permanezcan en Jacksonville, hasta que caiga Machado, que lo ha condenado a muerte, pero él considera en algún momento pasar su exilio en Nueva York, donde su amigo Jorge A. Vivó ha prometido ofrecerle un trabajo como funcionario de la Trade Union Unity League.
Lo que lo decide a seguir camino a Moscú –además del hecho de haber tramitado una visa temporal en Estados Unidos, como le revela a su hermano David, pidiéndole discreción- es el compromiso que ha hecho de participar como delegado en el Congreso de la Internacional Sindical Roja. Durante el trayecto, de ida y vuelta, Martínez Villena intenta acercar a la cultura rusa a su esposa, por medio de constantes alusiones al cine, la literatura, el arte y la música. Pero si nos fijamos bien, observaremos que se trata, no de alusiones directas a la cultura soviética, sino de alusiones a lo soviético o lo ruso en Occidente. Sobre todo, a lo soviético, tal y como circulaba en ciudades atlánticas como La Habana y Nueva York, el único lugar en el que, según confesaría, fue feliz:

“Todo el grupo de los marineros presentes, acompañados al piano, cantaron cinco o seis canciones rusas formidables. ¡Cómo me acordé de tí anoche! Me parecía absurdo estar asistiendo a aquello sin que tú participaras de lo mismo, sin que tú estuvieras a mi lado sintiendo como yo. Una de las cosas que oí en el fonógrafo y en el piano es la música que siempre tocaban en los cines de Nueva York cuando ponían una película rusa, y que tú aprendiste. ¿Te acuerdas? Según me informó un marinero (varios hablan inglés), es una danza ucraniana. La primera vez que oímos esa música estábamos en el cine Prado, viendo Volga, Volga o Los esclavos del Volga. La tocaban cuando el antiguo cosaco, rebelado y convertido en pirata, después de perder al muchachito que adoptó y haberse matado su amada, hace bailar a toda la tripulación. Después la oímos muchas veces en Nueva York. ¿Cuándo volveremos a oírla juntos?”

Martínez Villena se refiere a Die Leibeigenen o Los esclavos del Volga, una película alemana, dirigida por Richard Eichberg y producida en 1928, que se estrenó en La Habana antes de su partida a principios de 1930. También le recuerda a su esposa otra película que vieron en Nueva York, Turksib, un documental sobre la construcción del ferrocarril de Turkestan a Siberia, dirigido por Víctor A. Turin. La música que menciona es la famosa danza ucraniana o casatchok, pero en la versión tabernera, a piano y acordeón, de los bares de Nueva York. En los meses siguientes, cuando la tuberculosis arrecia y lo someten a altas dosis de morfina en el sanatorio de Sujum, Martínez Villena recordará los días que pasó con su esposa en Nueva York como los más parecidos a la felicidad. Algunas de esas cartas, escritas bajo los efectos de la morfina, son prolijas en sueños y focos delirantes, casi todos asociados a la música y el sexo.

“La otra noche algunos enfermos, que pasean por el jardín hasta las nueve y media, cantaron acompañados por una mandolina. Una de las canciones era como un estribillo que oímos juntos en Nueva York la noche que Beatriz nos invitó al pequeño party en casa de unos compañeros. ¿Te acuerdas? Apenas hablamos después respecto a aquella reunión, cuyos asistentes tengo tan presentes ahora; veo sus caras risueñas, sobre todo la del tocador de la guitarra, a quien tanto llamaste la atención; la de aquella fea, flaca y sin embargo no desagradable muchacha, con muy buena voz, que cantó el Ave María de Gounod; la “del cuento” de Vivó y la del buen mozo de su compañero; la del Chino Li cantando gravemente la Internacional… Nuestra vida en Nueva York –a pesar de las estrecheces, las incomodidades, mi enfermedad- se me presenta ahora como una época feliz de luna de miel”.
            

2 comentarios:

  1. Rafel sabes dodne se puede comprar: El ideal soviético en la cultura cubana posnoventa. No lo he encontrado online. Gracias

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  2. Damaris me mandó un ejemplar para una presentación que haremos en México. Creo que tal vez se pueda conseguir contactando a la Editorial Cuarto Propio, en Santiago de Chile.

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