Libros del crepúsculo

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sábado, 20 de septiembre de 2014

Carpentier y el comunismo


Desde hace años sostengo una discusión amistosa con Roberto González Echevarría sobre las relaciones de Alejo Carpentier con el comunismo. En su clásico Alejo Carpentier: El peregrino en su patria (1977), el profesor de Yale adjetivó esas relaciones y, en general, la posición ideológica y política de Carpentier como “raras”, “confusas” y “contradictorias”. En las lecturas filosóficas del Carpentier anterior a la Revolución Cubana se mezclaban Marx y Spengler, Mariátegui y Ortega y Gasset. La posición oficial de Carpentier después de 1959, con su ingreso tardío al Partido Comunista y a la Asamblea Nacional del Poder Popular, se vio mediada, a su vez, por ese rol de “peregrino” o “embajador cultural” de la Cuba revolucionaria en Occidente.
La interpretación de González Echevarría se ha reforzado en los últimos años con las ediciones de parte del epistolario y cuadernos inéditos de Carpentier, reunidos en los volúmenes Cartas a Toutouche (2010) y los Diarios. 1951-1957 (2013) de los años venezolanos, dados a conocer por la Fundación que lleva su nombre en La Habana. En ambos volúmenes es posible localizar indicios, como el apoyo de Carpentier a la organización ABC desde París o las opiniones amargas o distantes del escritor sobre figuras literarias de la isla –incluidos algunos conocidos comunistas-, que afirman esa condición peregrina, descrita por González Echevarría en su libro.
Aún así, una lectura más atenta a la biografía intelectual y política de Carpentier podría develar una mayor cercanía con el comunismo y, sobre todo, una amistad más sólida con líderes de esa corriente en la isla, que explicarían la rápida y eficaz incorporación del escritor a la élite cultural del viejo PSP en los primeros años de la Revolución y su canonización estética, por parte del Estado cubano entre los años 60 y 70. La relación con Juan Marinello es, en este sentido, fundamental, ya que Marinello, además de líder máximo del comunismo prerrevolucionario –fue presidente, primero, de la Unión Revolucionaria Comunista, y, luego, del PSP, delegado constituyente en el 40, congresista a partir de ese año y candidato a la presidencia en 1948 y 1952-, era el crítico literario marxista de mayor autoridad en la isla.
La amistad entre Marinello y Carpentier, desde los tiempos de la Protesta de los Trece, el Grupo Minorista y Avance, fue atribulada, con momentos gélidos, pero con salidas a flote. En las crónicas que Carpentier envió a Carteles desde París, en los años 30, Marinello es, después de Nicolás Guillén por supuesto, el escritor cubano mejor considerado. Las dos notas sobre la participación de los tres y Félix Pita Rodríguez en el Congreso por la Defensa de la Cultura, en 1937, en Madrid, Barcelona y Valencia, en las que se narra con orgullo la elección unánime de Marinello como presidente de las delegaciones hispanoamericanas y se relata su discurso en “perfecto catalán”, son un homenaje al comunista cubano. Carpentier fue el único de aquellos cuatro escritores que no militó en el viejo partido.
Como bien apunta González Echevarría, Marinello criticó la novela ¡Ecue-Yamba-O! (1934), en un ensayo recogido en su libro Literatura hispanoamericana (UNAM, 1937,) y a fines de los 30 y principios de los 40, cuando Carpentier trabajó en el Ministerio de Educación, seguramente estuvieron distanciados. Es muy probable que, por entonces, Carpentier, estuviera más cerca de Mañach, Ichaso y otros viejos amigos del ABC. En todo caso, habría que considerar que, aún en esos círculos y en un momento de desencanto con las vanguardias europeas de los 20, la familiaridad de Carpentier con el fenómeno de la Revolución de Octubre o su visión positiva de Lenin y Trotski, que alcanza a percibirse en sus crónicas de los 30, estaban más pronunciadas que las de cualquier intelectual del ABC.
No sólo por su ascendente materno sino por la relevancia que el bolchevismo tuvo entre las vanguardias parisinas de los 20, Carpentier desarrolló desde muy joven un interés por la cultura y la historia de Rusia. Sus alusiones a Mayakovski, Esenin, Stravinsky, Prokofiev, Eisenstein, Pudovkin y otros escritores y artistas del periodo revolucionario eran tan constantes como sus evocaciones de clásicos de la cultura rusa como Pushkin, Tolstoi, Gogol o Chejov. Sobre todo, los cineastas, Eisenstein y Pudovkin, y los músicos, Stravinsky y Prokofiev son referentes cardinales del Carpentier de aquellas décadas.
Casi siempre que se quiere acentuar el perfil de Carpentier como Maverick o “outsider” en el campo intelectual cubano, se destacan sus colaboraciones en la revista Orígenes. Pero se olvida que Carpentier había publicado antes en la Gaceta del Caribe y que, a mediados de los 50, cuando un grupo de jóvenes músicos y críticos musicales, como Harold Gramatges, Aurelio de la Vega, Argelieres León, Juan Blanco, José Ardévol, María Teresa Linares, intenta, en la sociedad y revista Nuestro Tiempo, relanzar la música sinfónica en La Habana, Carpentier, autor de La música en Cuba (FCE, 1946), vuelve a interesar a los círculos intelectuales del comunismo.
Son los años de El acoso (1956), una novela comentada y criticada por Marinello, -“reminiscente, ensimismada, hija tardía del surrealismo que agota en Europa sus aventuras a destiempo y pone de lado el tono nacional en la narración”-, pero que José Antonio Portuondo, en otra crítica ortodoxa, precisamente para Nuestro Tiempo, califica como “regreso literario” de Carpentier. La demanda de “novelas realistas cubanas” era tan intensa, en aquellos críticos, que no sólo ponían obras como La trampa de Enrique Serpa o Una de cal y otra de arena de Gregorio Ortega a la par o por encima de El acoso sino que descartaban El reino de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953) por no ser novelas de tema cubano.
A pesar de todo, El acoso reinstaló a Carpentier en la vida literaria de la isla y, especialmente, entre los críticos marxistas y comunistas. El nombramiento de Carpentier, en 1959, como uno de los Vicepresidentes del Consejo Nacional de Cultura, una institución controlada por el viejo partido y, luego, como Vicepresidente de la UNEAC y Director de la Imprenta Nacional, es una muestra clara de la incorporación del escritor a esa franja de la élite cultural del poder. En su libro Crónicas de la impaciencia (2010), Wilfredo Cancio describe muy bien ese proceso acelerado de canonización y glosa el periodismo de Carpentier, especialmente en el periódico El Mundo, en la primera mitad de los 60, como una gran alabanza a la integración de la isla al bloque soviético.
En las primeras décadas socialistas, el aporte de Carpentier a la construcción de un relato de la historia cultural cubana, que presentaba el movimiento intelectual de los 20 como anuncio de la Revolución de 1959, luego de expurgar las voces liberales o no comunistas (Mañach, Ichaso, Lizaso, Lamar…) de su propia generación, no fue menor y estuvo en perfecta sintonía con la línea del viejo PSP, incorporado ahora al nuevo Partido Comunista de Cuba. Ya desde mediados de los 60, Marinello comienza a presentar a Carpentier y a Guillén como las dos glorias mayores de la literatura nacional y es, precisamente, Marinello, quien coincide con Carpentier en París desde fines de los 60, el encargado de impulsar el reconocimiento del escritor en el Comité Central del Partido Comunista y de pronunciar las palabras en su homenaje, en un famoso acto por sus 70 años, en 1974.
En el discurso de Carpentier, en aquella ceremonia, en el Comité Central, ante la máxima jefatura del Estado cubano, el escritor reescribirá definitivamente su biografía, presentándose como un comunista convencido desde los años 20, consciente de la patraña de la “deshumanización del arte” de Ortega y Gasset, a pesar de las múltiples citas que entonces le prodigaba. Marinello autorizaba esa reinvención de un expediente estético y político, presentando novelas como El siglo de las luces (1962), Concierto barroco (1974) o El recurso del método (1974) como literatura comprometida. La reescritura de la biografía de Carpentier era evidente, pero, como cualquier otra reescritura histórica, no estaba totalmente infundada:

“Claro estaba que a este problema – el de la humanización o deshumanización del arte- respondía una solución inmediata: la del acercamiento más o menos comprometido, más o menos activo, a una ideología política encaminada a renovar la sociedad, echando abajo las resquebrajadas categorías y jerarquías del Estado burgués, tal y como lo padecíamos entonces. Julio Antonio Mella ya lo había entendido así, pronto seguido por el propio Rubén y por nuestro Juan Marinello, que se halla con nosotros esta noche, y para quien no hallaría expresiones ahora, si acudiese a los recursos de una improvisación posible, con que agradecer las generosísimas palabras con las cuales, al cabo de una amistad de medio siglo cabal, ha tenido a bien enjuiciar, situar, elogiar mi tarea de escritor, tras un largo camino que nos llevó a encontrarnos, más de una vez, en las grandes encrucijadas culturales y políticas del mundo moderno. Lo que estaba ocurriendo en los días que ahora evoco, donde un Mella, un Rubén, un Marinello, desempañaban ya un papel precursor (y perdónenme que sólo cite los nombres de aquellos que ejercían gran influencia sobre mí, por lo mismo que estaban muy cerca de mí), lo que ocurría en esos días, repito, era de suma importancia para el futuro de la cultura cubana, por cuanto, entre nosotros, se iba afirmando la insoslayable urgencia de un comprometimiento. Invirtiéndose los términos del refrán, hubiera podido decirse entonces: “dime quién eres… y te diré con quién andas”.  
  
 


     

1 comentario:

  1. Muy interesantes estos trabajos. Puedo anadir, porque por razones familiares tuve conocimiento de ello, que Carpentier sostuvo una larga amistad con Sara Pascual y los Ordoqui, todos los cuales tuvieron una gran influencia en su pensamiento politico.

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